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lunes, 14 de septiembre de 2009

Las palabrotas y la felicidad...

Según un estudio publicado recientemente, la herencia genética es la responsable, en gran parte, de la felicidad de las personas, y supongo que también de los animales. De acuerdo a ese estudio, los investigadores han descubierto que los genes condicionan en un cincuenta por ciento la capacidad de ser feliz de las personas gracias a que también determinan la personalidad.

A eso le llaman arquitectura genética de la personalidad.

Dicen aquellos que el otro cincuenta por ciento depende de factores externos, como las relaciones sociales, la salud y el éxito laboral (y el dinero, que también cuenta, ¿no?). “Los genes —explica el estudio— juegan un gran papel en la forma en la que las personas perciben la vida, más que otros factores externos.” Y ni modo de alegarle.

Igualmente, los investigadores dicen que los genes determinan los rasgos de la personalidad que predisponen a la felicidad, como el ser sociable y no preocuparse demasiado. Así, unos genes adecuados pueden actuar de barrera frente a los momentos negativos de la vida de una persona y ayudarla a recuperarse.

Los científicos han llegado a estas conclusiones después de estudiar parejas de gemelos y mellizos que tienen diferentes estilos de vida. En el caso de los gemelos, idénticos genéticamente, declararon sentirse igual de felices y satisfechos con la vida. Con todo, los autores del estudio aseguran que, más que un gen de la felicidad, existe una mezcla de genes que determinan la personalidad de modo que se tenga mayor o menor tendencia a ser feliz.

Y ya que estamos en el terreno de la felicidad, y como es un concepto sustentado en valores subjetivos, cada quien tiene su propia manera de expresar, sentir y manifestar su ser feliz “como una lombriz”, dijo aquella vez, en las oficinas del Ciano, Ana Lidia Torres.

No sé tú, pero en mi concepto de felicidad es más bien pequeño, agrupa pocas cosas, casi todas fundamentales, como la paz y el respeto, el amor por supuesto, y las ganas de compartir lo escaso para tirar la raya, bajar el cero y darnos cuenta que podemos, entre todos, conseguir la abundancia que el cielo nos tiene prometida, como la vida eterna y demás asuntos de la escatología cristiana.

Y, bueno, uno en el fondo no deja de ser un tipo rupestre que difícilmente se deshumaniza, por más globalización que nos llegue en forma de franquicias y demás cacharros de la cotidianeidad.

En mi caso particular, debo confesar que mi concepto de felicidad incluye, por supuesto que sí y chinchumale el que no crea, decir groserías, exabruptos, majaderías o malas palabras, como Usted entienda o nombre, ex timado lector.

Acaso por ello no entiendo la nota que leí el otro día, una que decía que a partir de ahora resultará más difícil exaltarse en las calles de la ciudad californiana de South Pasadena, pues en esa pequeña localidad gringa han creado una campaña contra la descortesía y se han autoproclamado zona libre de palabrotas. Y es que según ha acordado el concejo municipal, la primera semana de marzo será desde este año sólo para la gente bien hablada: ¡Fuck!

No obstante, dice la nota de marras, no se han establecido multas para quienes opten por seguir por el camino de la descalificación y la malhabladez, y éstos sólo tendrán que enfrentarse a las duras miradas de sus conciudadanos, que se han sumado a esta iniciativa entusiasmados.

Quien tuvo la genial y papista idea de no decir majaderías es un joven de 14 años, y de acuerdo al alcalde de South Pasadena, “Ser más corteses, nos ayuda a elevar el nivel del discurso”, aunque yo tengo mis dudas, ciertamente.

Al respecto, los expertos señalan que al hablar no nada más decimos, sino que también hacemos cosas, como prometer, informar, preguntar, ordenar y un caón etcétera más largo que la cuaresma.

Una de esas “cosas” que también hacemos al hablar es insultar.

Así, el insulto cumple una de las funciones principales y necesarias dentro de la comunicación. Los seres humanos necesitamos insultar, y lo podemos hacer de muy diversas maneras, utilizando formas sutiles, disfrazadas, apoyándonos exclusivamente en el tono de nuestra voz o usando palabras especializadas en herir, sobajar y/o lastimar a las personas, es decir, haciendo uso de las llamadas malas palabras o groserías.

Sabemos que en nuestra lengua —a la mejor en inglés no, por eso surgió la propuesta del chavalillo aquel— las groserías poseen una carga semántica única, la cual no lograríamos expresar si las reemplazáramos con alguna otra fórmula.

Por ejemplo, si en una situación determinada nos molesta el comportamiento inoportuno o lo dicho por alguna persona y nos sentimos con toda la libertad de ofenderla, tenemos dos opciones: O bien le decimos “eres una persona que posee poca inteligencia” o recurrimos a una grosería, por ejemplo, “eres un pedazo de imbécil”. Aunque en ambas formas lo que se está señalando es la poca capacidad intelectual del individuo, la segunda expresión refleja mayor énfasis en ese defecto.

Asimismo, las groserías representan una válvula de escape para la tensión por la que pasamos: al insultar descargamos a tal grado nuestro enojo, nuestra impotencia, nuestro dolor, que se podría decir que el insulto puede cumplir también una función catártica en el ser humano.

En el lenguaje escrito la presencia de insultos ha sido común, su uso ha quedado registrado en todas las épocas del español, incluso en el lenguaje poético. En este punto se hace necesario aclarar que no siempre hemos insultado con las mismas palabras; es decir, una expresión que era ofensiva en el siglo XV, ahora pudiera ya no serlo, ya que las lenguas son entidades vivas: Se transforman a lo largo del tiempo.

Los estudiosos del tema dicen que el idioma español ha registrado numerosos cambios en el transcurso de su historia, tanto en su morfología como en su fonética, en su sintaxis y, desde luego, en su semántica. Han desaparecido algunas palabras y han surgido otras.

Esto es, las palabras de una lengua sufren procesos que pueden ser motivados tanto por causas externas (sociales, psicológicas, influencias de otras lenguas, entre otras), como por causas internas (procesos internos de la lengua misma).

Las llamadas malas palabras no han quedado fuera de estas transformaciones. Veamos aquí un solo ejemplo, para no abundar mucho en mi felicidad:

“Pendejo”, del latín pectinículus, de pecten-inis “pubis”; en el siglo XV, “pelo que nace en el pubis”. Esta palabra representa el insulto más fuerte de todas las que designan la escasa inteligencia de un hombre y, desde luego, cuando los mexicanos la utilizamos no nos referimos a lo que denotaba en sus orígenes, sino que le damos el sentido de “estupidez en grado sumo”.

Es interesante reflexionar cómo es que llegamos a ese significado, si partimos de su denotación primaria tenemos que un vello púbico resulta una cosa insignificante, pero al mismo tiempo nos remite a lo obsceno, lo sexual, lo escatológico. Así, decirle a alguien que es un pendejo resulta rebajarlo a la importancia de un vello púbico (confróntese con expresiones como “eres una mierda”), con la serie de connotaciones que conlleva.

Ciertamente, los mexicanos al utilizar esta palabra nos referimos a un tipo en exceso menso. A un pendejo, pues, y mire Usted que ahora mismo hay tantos por ahí, como decía el abuelo de Facundo Cabral, que estamos rodeados, así que mi felicidad es —por decirlo de manera topográfica— una nación sin mojoneras dada la inmensa cantidad de aspirantes a vellos púbicos, que bien podría ser otro conceptote felicidad. ¿Qué no?

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