El
*capibara llegó a Hermosillo y arrasó: 17,000 personas fueron un fin de semana al Centro Ecológico a ver
su carita de actriz coreana, sus patitas regordetas, sus bigotitos juguetones, sus
ojitos redondos como la luna, su cuerpo de ornitorrinco región 4, sus bolitas
de mierda con forma de aceituna negra, su suave estar en la jaula y su vida de rock
star en el imaginario colectivo.
Fascinados,
los visitantes estaban atentos a cómo se movía, cómo se quedaba parado, cómo
masticaba la hierba y se la tragaba educadamente, cómo se comía su propia
mierdita, cómo se metía al agua, cómo salía del agua, cómo se volvía a meter al
agua el roedor caviomorfo (que significa
precisamente “con forma de capibara”… o sea, ¿ni modo que de vaquita
marina?) y cómo los mandaba a la chingada con una petulancia propia de Paulina
Rubio. Y la gente le aplaudía con una ternura que bien se podría confundir con
pendejez. Se podría… se podría…
¡Demonios!:
el capibara tiene más éxito que el Alejandro Fernández cuando hace el idículo en
el palenque de la *ExpoGan*, donde los semovientes están en las gradas y el
buey Apis en el escenario, listo para ser momificado y enterrado con gran
pompa en el Serapeo de Saqqara. Eso sí: todos hasta las chanclas, porque al
Fernández y su público los une una larga tradición escrita y reescrita con
alcohol. Ni modo: así somos.
Y
como Hermosillo es Hermosillo, y los hermosillenses a veces parecemos zombis, días
después de la llegada del capibara se inauguró una monumental, carísima y no
prioritaria obra faraónica: el paso a desnivel de Colosio y Solidaridad, a
donde asistieron 500 entusiastas
lambiscones a ver pasar carros rojos, carros verdes, carros blancos, carros azules y carros amarillos, además de la cybertruck del Carín León y el carrito de golf del Paquito Chapoy, pero autos guindas no, porque aquél no fue un acto
político, sino de entusiasmo ciudadano, según dijeron los influencers de
pacotilla que confunden lo grandioso con lo grandote.
Llegado a este punto, no
sé por qué de repente recordé a la veracruzana Lady Fritanga y la cruzada de
odio que le armaron por acá cuando dijo que se sorprendió de que en Ciudad Obregón
hubiera uber. Imagino lo que la fritanguera creadora de contenido —ya
empoderada con la razón que le hemos otorgado— hubiera mencionado sobre las
multitudes convocadas por el capibara y el paso a desnivel: “Uta, si nomás
faltó que le prendieran veladoras a un roedor (imagino que lo hubiera dicho por
el capibara, no por algún funcionario municipal) y a un triste paso deprimido. En
serio, en Sonora han inventado un nuevo concepto de experiencia religiosa”. Y a
recargar el hate sonorense. ¿Pues qué les digo...
Como
sea, el Capi capibara arrasó como jabón a la mugre innecesaria de un paso a
desnivel que dos semáforos surgidos del más infernal de los baches han atascado
en una realidad que no contemplaron sus constructores: de aquí no pasas,
ingenuote.
Y
es tal la capibaramanía, que algunos aficionados al beisbol ya lo están
proponiendo para que sea la nueva mascota de los Naranjeros de Hermosillo, en
reemplazo del avejentado, repetido y repetitivo Beto Coyote. Y esto me lleva
de inmediato, como jugada de doble play, a lo que me contaron un día:
Resulta
que una fría tarde sabatina de 1996, un profesor del Departamento de Letras y
Lingüística de la Unison gritó como Arquímides de Sicarusa: “Eukera (es
que ya estaba borracho, me aclararon): no sé a ustedes, pero a mí me parece
que el Beto Coyote tiene nalgas de mujer”.
“Sí”,
gritaron los cinco colegas letrinos que le acompañaban en la mesa 8 del Instituto
de Cultura Zoonorense Pluma Blanca —de los cuales, por cierto, ya nomás
sobreviven dos… y es que la cirrosis existe, por más que uno crea que no—, y el
menos ebrio citó de memoria y sin respirar: “como escribió García Márquez en
la página 28 de Cien años de soledad1: …Pilar Ternera,
que estaba en la puerta con los curiosos, se peleó a mordiscos y tirones
de pelo con una mujer que se atrevió a comentar que el joven Arcadio tenía
nalgas de mujer…”
¡Como
el Beto Coyote!, refrendaron los otros, ya en el hemisferio sur de la borrachera.
Y después empezaron a manotear en la mesa como si se estuvieran ahogando… sin
darse cuenta de que ya lo estaban.
Y
de regreso al primer párrafo de esta crónica, es menester señalar que las
17,000 personas que fueron a darle la bienvenida al capibara pagaron, todas
ellas, su respectivo boleto de entrada, mientras que los 500 turiferarios —adscritos
en la segunda acepción del término— que fueron al desnivel recibieron, todos
ellos, su respectivo chayote: “Es que así es la economía —dijo uno con la
cámara a todo selfi—: dinero entra y dinero sale…”
¡Caramba
y samba la cosa, que vivan la precampañas!
Qué
cosas, ¿no?



