Trova y algo más...

sábado, 10 de enero de 2015

En descargo de Elena...



En la FIL de Guadalajara (2013), Elena Poniatowska me volvió a hacer en público la pregunta que le he respondido cien veces. Me obliga, con disgusto, a la ciento uno.
¿Por qué me tardé 25 años en pedirle que corrigiera sus errores, de leves a garrafales, en su clásico que la llevó a la fama: La noche de Tlatelolco?
Respondí en Nexos al mes de que, en esa revista, en octubre de 1997, enumeré las 60 correcciones que debía hacer en la siguiente reimpresión de su libro. Repito: “Porque fue necesario, Elena, que te me derrumbaras”.
Al regresar a México luego de salir de la cárcel y de un año de exilio en Chile, fui muy amigo de Elena.
¿Qué me ocurrió? Se me salió.
Poco a poco me resultó evidente su infantilización de cuanto tocara. Cuando publicó su canto erótico al Güero Medrano, escuché de mi gran amigo Pablo Pascual, con horror de creyente ante la negación del milagro del Tepeyac: “Tu amiga Elena es una pendeja…”. Lo decía porque volvía héroe al tipo que nos había sentenciado a muerte a todos los no guerrilleros, los que fundamos el STUNAM, el PSUM y luego el PMS y el PRD.
En 26 años fui pasando de un complaciente: Ay, Elenita, a un: Ay, Elena, y un: ¡Carajo, Elena!; dejé de leer sus opiniones, dirigidas a obtener el aplauso de la gayola desechando toda complejidad.
Pero la puntilla la puso el affaire Woldenberg.
Un joven, desconocido fuera del ámbito del sindicalismo universitario y la naciente unión de las izquierdas, José Woldenberg, escribía apenas cada quince días en LaJornada.
En eso vino la campaña para elección por voto directo del jefe de Gobierno del DF.
Recayó en Elena el discurso de arranque porque era un personaje sin partido. Pero no lo dirigió contra el PRI, que por decenios había despojado a los ciudadanos del DF de su derecho a elegir gobernante, sino contra un tal José Woldenberg:
“Y le demostraremos a José Woldenberg que los ciudadanos sí pensamos… Y le demostraremos que… bla, bla…”.
En cólera, escribí en mi sección contra ese injusto giro de lo que debía ser un ataque al PRI, convertido en paliza a un joven de izquierda desconocido fuera de ese ámbito.
Elena me telefoneó para disculparse.
Que ella no sabía de qué hablar y Pablo Gómez le había sugerido que el tema lo daba el último artículo de Woldenberg, donde afirmaba que los ciudadanos no pensaban.
Le pregunté si lo había leído. Me respondió que no, pero se lo había sintetizado Pablo. Me heló su deshonestidad intelectual.
Le expliqué: Pepe dice que nadie puede hablar a nombre de “los ciudadanos” porque los ciudadanos piensan de muy variadas maneras y, algunos, no piensan.
Que lo llamaría para disculparse. Y me pidió el número de Pepe.
Se lo di, aclarando que: “Ofensas públicas exigen disculpas públicas”.
Prometió llamarlo y escribir su disculpa. No hizo ni siquiera la llamada. “A la deshonestidad intelectual suma la soberbia”, concluí.
Y remató el affaire Krauze.


Éste me había entrevistado para el capítulo sobre Díaz Ordaz de La presidencia imperial.
Me envió un ejemplar.
Leí con horror un párrafo de un González de Alba cursi hasta la vergüenza ajena. Vi la cita y no era Los días y los años, mi crónica del 68, sino La noche de Tlatelolco.
La releí y lo que el cariño había ocultado, resplandeció en toda su torpeza: más de 50 citas eran erróneas. Y algunas tan graves como ponerme a mí, el 2 de octubre, durante la balacera, en el quinto piso del edificio Chihuahua, dentro de un departamento, hablando con el Búho.
Jamás estuve allí.
Fui detenido en el tercer piso y por eso fui testigo directo del pánico en que cayeron los que, con un guante blanco y pistola, habían iniciado los disparos. Los vi aterrados, los oí suplicar: “Batallón Olimpia. ¡No disparen!”. Un grito de pánico.
Elena se negó a corregir y la demandé.
No por plagio, pues le había permitido usar el manuscrito de mi crónica que ella sacó de Lecumberri, sino por alteración del contenido.
Un tribunal me dio la razón.
En 1998 apareció la versión corregida.
Porque cayó en errores lo publiqué: “En descargo de Elena”.

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Luis González de Alba (www.luisgonzalezdealba.com).
(Articulo editado por AZ)

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viernes, 9 de enero de 2015

Llegar a viejo...



“Después de los 50 años, los viernes dan miedo”, dijo aquella tarde de jueves mi querido e inolvidable amigo Sergio Valenzuela (imagínense que tan inolvidable será para mí el Sergio, que todavía tengo su número de celular entre mis contactos y su cuenta de hotmail sigue tan vigente como siempre y de vez en cuando le mando correos nomás para que me diga cómo está donde está). Acto seguido, se empinó la botella de vodka que subrepticiamente había sacado del refrigerador.
Mtamá —le contesté—: será que ya te estás haciendo viejo y, además, remilgón, como el Dr. House”. 
Luego seguimos la parranda literaria, pero ya sin muchos ánimos, porque mi querido Alf ya estaba alistando el quirófano y dándole carrilla a la Número 13.
Y hablando de personajes y de vejeces, en la página 290 de Cien años de soledad, me encontré un día este párrafo, que me recordó los viernes del Sergio:
Entretenido con las múltiples minucias que reclamaban su atención, Aureliano Segundo no se dio cuenta de que se estaba volviendo viejo, hasta una tarde en que se encontró contemplando el atardecer prematuro desde un mecedor, y pensando en Petra Cotes sin estremecerse. No habría tenido ningún inconveniente en regresar al amor insípido de Fernanda, cuya belleza se había reposado con la madurez, pero la lluvia lo había puesto a salvo de toda emergencia pasional, y le había infundido la serenidad esponjosa de la inapetencia. Se divirtió pensando en las cosas que hubiera podido hacer en otro tiempo con aquella lluvia que ya iba para un año. Había sido uno de los primeros que llevaron láminas de cinc a Macondo, mucho antes de que la compañía bananera las pusiera de moda, sólo por techar con ellas el dormitorio de Petra Cotes y solazarse con la impresión de intimidad profunda que en aquella época le producía la crepitación de la lluvia. Pero hasta esos recuerdos locos de su juventud estrafalaria lo dejaban impávido, como si en la última parranda hubiera agotado sus cuotas de salacidad, y sólo le hubiera quedado el premio maravilloso de poder evocarlas sin amargura ni arrepentimientos. La tentación de sedentarismo y domesticidad que lo andaba rondando no era fruto de la recapacitación ni el escarmiento. Le llegaba de mucho más lejos, desenterrada por el trinche de la lluvia, de los tiempos en que leía en el cuarto de Melquíades las prodigiosas fábulas de los tapices volantes y las ballenas que se alimentaban de barcos con tripulaciones...

Sí. Ahora que veo en el retrovisor el recuerdo del Sergio, caigo en cuenta que ya estaba envejeciendo.
Desde los jueves empezaba a envejecer cada semana…


Y los dejo con Joan Manuel Serrat, con la canción “Llegar a viejo”. Salú.


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jueves, 8 de enero de 2015

Más leales que las personas...



Navegando por ahí, me encontré una nota que, ahora que empezaron oficialmente las campañas políticas en México, nos ofrece muchas lecturas:
Un político de la India premió a dos burros por su arduo trabajo en la ciudad de Bangalore, y aseguró que “son más leales que las personas”.
El líder de un partido político de la India premió a dos burros por su arduo trabajo, lealtad, disciplina y obediencia a los seres humanos, en una ceremonia en la ciudad sureña de Bangalore, informó la televisora local NDTV.
Por extraño que pueda parecer, Vatal Nagaraj, dirigente del partido regional Kannada Chaluvali Vatal Paksha (algo así como el Partido Verde, por aquellos del animalero), decidió honrar a todos los animales domésticos como burros, perros, vacas y bueyes, ya que “son más leales que las personas”, dijo aquel hombre de marras.
Según Nagaraj, los animales apoyan las labores humanas, pero son “muy trabajadores, disciplinados y obedientes”.
En la premiación, la gente arrojó pétalos de rosas a los burros, que llevaban collares de guirnaldas y vestían chales con cuentas de colores, causando diversión entre los animados observadores, que también aplaudieron y ovacionaron a los galardonados ofreciéndoles alguno que otro rebuzno, ciertamente.
En el lugar de la ceremonia, menos que glamorosa —la estación de autobuses interestatales de la ciudad—, el político aseguró que los burros se utilizan ampliamente como animales de trabajo en la India pero que generalmente su contribución es ignorada.
Nagaraj indicó que se establecieron jurados para elegir a los candidatos y luego a los ganadores de las nuevas medallas, “una entrega de reconocimientos única en el mundo”, subrayó, y dio a conocer su plan de continuar la entrega de este tipo de premios en Bangalore.
Vatal Nagaraj es conocido por llevar a cabo inusuales protestas, como la que efectuó en 2011, cuando montó en un búfalo a través de la ciudad de Chamarajanagar para manifestarse contra el aumento de los precios del combustible, que allá también sube cada mes, como lo propusieron aquí un montón de asnos que actúan como legisladores y que nunca ganarán un reconocimiento.
Las medallas llevan el nombre de Rajyotsava (“El burro distinguido”,  en hindi) y son parecidas a las utilizadas por el gobierno del estado de Karnataka, del cual Bangalore es capital, para premiar cada año a hombres y mujeres que destacan en los diferentes ámbitos de la vida el día de la fiesta nacional. O sea que…
Bueno, las lecturas alcanzan límites de otras instituciones también.

Y ahora los dejo con este otro burro premiado:

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miércoles, 7 de enero de 2015

Murió Julio Scherer, el reportero perpetuo...



El tres de octubre de 1968, un día después de la matanza de Tlatelolco, el diario Excélsior publicó un cartón de Abel Quezada. Sobre un recuadro negro se leían las palabras ¿Por qué? La viñeta respondía con fuerza a la barbarie del Ejército. La decisión de publicarla la tomó Julio Scherer García, que llevaba poco más de un mes como director del periódico y había emprendido un cambio para terminar con la prensa servil al poder de México.
Ese fue el sello que marcó la vida de Scherer, el gran maestro del periodismo mexicano, que falleció la madrugada de este miércoles en su hogar de la Ciudad de México a los 88 años a causa de un choque séptico. Así finalizó una extensa carrera de 70 años en el periodismo que comenzó en la década de los cuarenta como mensajero en el Excélsior y que dejó 22 libros publicados. Tras el golpe a ese diario orquestado por el presidente Luis Echeverría en 1976, Scherer fundó la revista Proceso. Su último texto se fechó un mes antes de su muerte, dedicado a la muerte de su amigo, el escritor Vicente Leñero.
Murió el reportero eterno, único mexicano que pudo sentarse con una libreta para entrevistar a personajes como Fidel Castro, Pablo Picasso, John F. Kennedy, Salvador Allende, al Che Guevara, Augusto Pinochet, Olof Palme y Zhou Enlai, entre muchos otros. Elena Poniatowska escribió que Scherer le había confiado que uno de sus grandes lamentos era el no haber entrevistado a Nelson Mandela.
Sus crónicas, como la de la hambruna en Bangladés en 1974 (recuperada recientemente por Letras Libres), hablan de una ambición por contar el mundo que se desplegaba más allá de las fronteras mexicanas en una época donde el poder y el resto de la prensa preferían mirar hacia adentro.
“La cirugía y el periodismo remueven lo que encuentran. El periodismo ha de ser exacto, como el bisturí. Si algo me apasiona es el periodismo sin imaginación, el toque de la realidad como es. En nuestra profesión nada supera al dato estricto y a la palabra exacta”, escribió Scherer, un hombre que negaba las entrevistas porque rechazaba que los reporteros fueran el centro de la atención.
Una anécdota dibuja la persistente obsesión de Scherer por la precisión de las palabras. Gabriel García Márquez le mandó el manuscrito de El amor en los tiempos del cólera, que se encontraba en galeras. Después de leerlo, el periodista llamó por teléfono al Nobel. A Scherer lo deslumbró la descripción de la mulata de "senos atónitos". "¿De dónde, Gabriel, nace el calificativo insólito y perfecto", preguntó Scherer. "El adejtivo brillaba como ningún otro. García Márquez dio otra pasada a la novela para cerciorarse que apareciera una sola vez en la obra", recuerda Scherer en Estos Años.   
Scherer era nieto de Hugo, un banquero alemán que llegó a México a mediados del siglo XIX para instalarse en la alta sociedad durante la dictadura de Porfirio Díaz. Con la Revolución mexicana, muchos de los inmigrantes europeos regresaron a Europa. Hugo Scherer no lo hizo. El país recompensaría su fidelidad haciéndolo director del Banco Nacional de México. Julio Scherer, el tercer hijo del matrimonio entre Pablo, el hijo de Hugo, y Paz García, nació el 7 de abril de 1926.
La reputación de Scherer lo hizo ganarse el gran reconocimiento de los grandes intelectuales mexicanos. Tras la matanza de octubre del 68, Octavio Paz, embajador de México en la India, decide renunciar al cargo como protesta. Planea regresar a México y Scherer le ofrece fundar un medio. Así nace Plural, una revista literaria fundamental para la vida cultural mexicana de la década de los setenta y semilla de Vuelta. “Aceptamos con una condición: libertad. Scherer aceptó como los buenos y jamás nos pidió suprimir una línea o agregar una coma. Actitud ejemplar, sobre todo si se recuerda que más de una vez los puntos de vista de Plural no coincidieron con los de Excélsior”, escribió el Nobel mexicano.
Como reportero, a Scherer siempre le atrajo la figura del poder como objeto para retratar con su pluma. Su libro Los presidentes es una crónica indispensable para entender la figura del ejecutivo y la obsesión por la transmisión del poder en el México de la segunda mitad del siglo XX. A partir del acceso que sólo él podía tener elaboró perfiles de cinco mandatarios, de Adolfo López Mateos (1958-1964) hasta Miguel de la Madrid (1982-1988). Amplió esta memoria del poder con los libros Estos Años y Salinas y su imperio, sobre el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994). Su conclusión es que la silla presidencial tiene un misterioso veneno que trastorna a quienes la ocupan.
En 2010, Ismael Zambada, el poderoso líder del cartel de Sinaloa que ha vivido a salto de mata escapando del Gobierno por más de 30 años, hizo una invitación a Scherer. Ambos tuvieron un encuentro en una zona serrana desconocida. El reportero perpetuo, a sus 83 años, le pidió una entrevista. El capo se negó. Solo quería conocer en persona al gran decano del periodismo mexicano.


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El miércoles quiebra semana...



Años atrás, cuando todavía le quedaba carga a la pila, yo solía trabajar mucho. Eran los tiempos en que la Evelyn era compañera de trabajo, y como buena descendiente de Rocky Point, cada miércoles llegaba la citada a la oficina con una cara de "Yo no fui" y una sonrisa de pichel.
Les juro que a todos nos desconcertaba esa sonrisa ladeada y socarrona, como de tiburona con sed, y ella nomás respondía: “Hoy es miércoles y quiebra semana, morritos”, y después se ponía a hacer guegueritos en la maquintoch.
Lo mismo decía Jorge Enrique Montaño, en los viejos tiempo del CAECH, del CIANO, en la Costa de Hermosillo.
Cada miércoles, el Jorgenrique llegaba vestido de una amarillo rabioso que hasta parecía palúdico metido de lleno en una obra de Warhol.
Quienes lo veíamos nos quedábamos pensando en qué le pasaría a este muchacho cada miércoles, a quién nomás le faltaba bailar la canción Happy, del Pharrell Williams ese, sombrero incluido.
“Los miércoles son como briznas que dios nos va dejando para ser felices”, decía el Jorge antes de perderse en las cantinas del centro de Hermosillo en busca de lo que el miércoles le tenía deparado.
Como sea, hoy es miércoles y, como cada miércoles, hoy quiebra semana. Cada quién sabrá para qué le sirve esa fractura semanal. Por lo pronto, yo los dejo con la canción Wednesday Morning (Mañana de miércoles) del inolvidable grupo America.

Carpe diem, morritos…


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martes, 6 de enero de 2015

El 6 de enero y los Reyes Magos...




Será que vivimos tan al norte de México que los Reyes Magos no llegan hasta acá, o quién sabe, pero el asunto es que Santaclós (o San Nicolás) tiene monopolizado el terreno regalístico, el espiritual no sé, y en el religioso no hay nada qué ver, pues Santaclós no guarda una relación cierta con la cristiandad, como los magos que, de acuerdo al evangelio de San Mateo, aparecen en la Biblia, quienes vinieron de Oriente buscando al nuevo rey que habría de nacer.
En las Escrituras no se abunda mucho sobre su origen, su personalidad, sus rasgos… vamos, ni siquiera sobre sus nombres, pero se asume que eran sabios o astrónomos, que no es lo mismo pero es igual, llamados magos en aquella época porque venían siguiendo una estrella que presagiaba la llegada del nuevo rey.
Como venían con regalos para el rey que habría de nacer, la tradición los describe como seres bondadosos con presentes para todos, asignándole un nombre y rasgos específicos a cada uno. Veamos:
Melchor es un anciano blanco con barbas plateadas. Su regalo para Jesús es oro, representando su naturaleza real.
Gaspar es un joven moreno. Su regalo es el incienso, que representa la naturaleza divina de Jesús.
Baltasar es de raza negra. Su regalo a Jesús es mirra, que representa su sufrimiento y muerte futura.
Lo anterior lo encontré en el consultorio del Dr. Google, pero digamos que bien a bien no me sé la historia. Sólo sé que por estas tierras de la baja pimería los Reyes Magos no suelen venir.
Recuerdo que algunos años del pasado, cuando Arely y Alí eran pequeños, colgaban medias en el árbol de Navidad o ponían zapatos en la ventana por si acaso andaba por ahí algún rey mago (o al menos uno vago) que les dejara algo en las prendas. Y sí, algo les dejaban. Pero cuando llegaron los años, los magos se fueron, como parece que sucede con casi todo en la vida: los años espantan los momentos felices.
Hoy es 6 de enero. La tradición en esta casa es partir una rosca y tomar chocolate o café, y esperar a que no te salga el monito, porque entonces uno está obligado a patrocinar los tamales el 2 de febrero, día de la Candelaria y de los albañiles.
También es un día para pedir deseos. Buenos deseos, sobre todo, que lo malo llega solo, y lo peor no necesita invitación.
Hoy mis buenos deseos están dedicados para las A de mi vida, esas que habitan en mi corazón desde toda la vida. Y espero que esos buenos deseos los acompañen todo el año.
Son deseos que, como los reyes en Galilea, siguen la estrella de un pastor…


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lunes, 5 de enero de 2015

El CI de un holgazán...



El otro día, nomás de holgazán me puse a resolver una prueba de esas que aparecen en internet y que miden el Coeficiente Intelectual (CI).
¿Cuál fue mi resultado?: 73 puntotes, uno detrás de otro.
Yo andaba encantado (ebrio de felicidad, diría el poeta Rubén Darío), hasta que me topé con la medición de resultados, pues según la prueba de Wechsler (que ni me pregunten ahorita quién es, si quieren mañana les digo, porque yo, como dijera Renato Leduc: “soy un genio de un día para otro, pero el mismo día soy muy pendejo”), los resultados se miden así:
Menos de 70 puntos es retraso.
De 71 a 89 la persona está en un limbo medio peligroso.
De 90 a 110 es la puntuación promedio.
De 111 a 134 la persona está en un limbo menos preocupante.
De 135 hasta 164 puntos se considera una persona dotada (no es albur, eh).
De 165 para arriba (hacia el infinito y más allá) es considerado un genio.
Así que después de ver esta tabla, sentí así como que algo se me quebró por dentro porque yo siempre he creído que no ando volando tan bajo en esto del CI, aunque tampoco tan alto. Digamos que soy un respetable representante del promedio intelectual.
No obstante, el internet suele tener ambas caras de la moneda, y así como te pone un test de CI para que te estrelles, también te tira un salvavidas para que no te quieras arrojar al vació desde el primer puente que se cruce en tu camino.
Y ahí nomás navegando (ya ven que soy un holgazán), me encontré con esta maravilla, que dice lo siguiente:
1. Los test de CI son relevantes para las ciencias y las matemáticas. Que una persona tenga el CI alto no significa que posea amplios conocimientos en otras áreas importantes, como la historia o las letras en general. El portal Ojo curioso pone como ejemplo al genio Einstein, que, a pesar de tener un CI alto, no pudo ingresar en una prestigiosa escuela porque obtuvo notas excelentes en las pruebas de matemáticas y ciencias pero falló en otras materias de igual importancia.
2. El CI no tiene en cuenta la creatividad. La creatividad tiene la misma importancia que las habilidades matemáticas o las capacidades para memorizar datos, opina el portal. No obstante, las pruebas de CI no pueden medir el nivel de creatividad de una persona. Muchos famosos artistas no podían presumir de ser buenos matemáticos, lo que no impidió que dejaran una profunda huella en la historia de la humanidad con sus obras.
3. Las personas con CI alto pueden terminar aislados y arrogantes. A los individuos que logran obtener buenos resultados en las pruebas de CI se les abren las puertas de los exclusivos clubes para personas ‘intelectualmente superiores’. Se rodean de personas con el mismo nivel de CI pero a menudo, en lugar de aprovecharlo como un estímulo, solo comparan sus conocimientos para determinar quién es más inteligente.
4. Subjetividad de las preguntas. Un mal resultado en un test de CI no refleja el nivel real de la inteligencia de una persona, ya que muchas preguntas son subjetivas. Por ejemplo, determinar el color de una manzana no tiene una respuesta correcta. Además, es posible entrenarse para responder las preguntas de manera que, cuantas más veces se pasa el test, mejor resultado se obtiene.
5. Antes servían para medir la edad mental de los niños. Los test verbales de CI fueron ideados para diagnosticar los posibles retrasos mentales en los niños. Los resultados se comparaban con su edad biológica. Así, si un niño de 10 años obtenía 50 puntos en la prueba de CI se concluía que sus capacidades intelectuales eran equivalentes a las de un niño de 5 años.
Sin embargo, a los 15 años en la mayoría de las personas la edad mental y la biológica se equilibran, con lo que las pruebas de CI dejan de tener relevancia.

Como sea, siguiendo la lógica de Renato Leduc, mañana volveré a hacer la misma prueba, a ver si es cierto que, como el afamado escritor, resulto ser un genio de un día para otro. Mientras, seguiré siendo un holgazán.
Y hablando de holgazanes, esto me recuerda la canción “La quiero a morir” ("Je l'aime à mourir", en su versión original en francés), que se le atribuye a Francis Cabrel, quien convirtió esta obra en un éxito en 1979.
Aquí, por supuesto, les comparto la canción, con todo y letra (en español).


Y yo que hasta ayer
sólo fui un holgazán,
y hoy soy el guardián
de sus sueños de amor.
La quiero a morir.

Podéis destrozar
todo aquello que veis,
porque ella de un soplo
lo vuelve a crear,
como si nada,
como si nada.
La quiero a morir.

Ella borra las horas
de cada reloj
y me enseña a pintar
transparente el dolor,
con su sonrisa.

Y levanta una torre
desde el cielo hasta aquí.
Y me cose unas alas
y me ayuda a subir,
a toda prisa,
a toda prisa.
La quiero a morir.

Conoce bien cada guerra,
cada herida, cada ser.
Conoce bien cada guerra
de la vida y del amor también.

Me dibuja un paisaje
y me lo hace vivir
en un bosque de lápiz
se apodera de mí.
La quiero a morir.

Y me atrapa en un lazo
que no aprieta jamás,
como un hilo de seda
que no puedo soltar,
no quiero soltar,
no quiero soltar.
La quiero a morir.

Cuando trepo a sus ojos
me enfrento al mar,
dos espejos de agua,
encerrada en cristal.
La quiero a morir.

Sólo puedo sentarme,
sólo puedo charlar,
sólo puedo enredarme,
sólo puedo aceptar
ser sólo suyo,
ser sólo suyo.
La quiero a morir.

Conoce bien cada guerra,
cada herida, cada ser.
Conoce bien cada guerra
de la vida y del amor también.

Y yo que hasta ayer
sólo fui un holgazán,
y hoy soy el guardián
de sus sueños de amor.
La quiero a morir.

Podéis destrozar
todo aquello que veis,
porque ella de un soplo
lo vuelve a crear,
como si nada,
como si nada.
La quiero a morir.

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