Trova y algo más...

lunes, 28 de septiembre de 2009

¿Nos pelamos o nos hacemos güeyes...

Güey es una expresión popular, moderna y ultra mexicana con la que nos re-conocen desde el extranjero y que en lo personal no empleo mucho en mi vocabulario, aunque sea blanco de críticas y verán por qué. Resulta que cuando era pequeñita, por ahí de la década de los 70's, esta expresión empezaba a surgir y no era bien visto que alguien la pronunciara, mucho menos que la repitiera, porque tenía un sentido netamente ofensivo.
Hoy en día no sólo es un adjetivo, es un sustantivo, es una muletilla que sustituye a un gran número de palabras cuando el vocabulario verbal es lo que falta para transmitir una idea. No faltará el "güey" que diga esta palabra para "no hacerse güey", sino hacerse el listo.
En mis tiempos infantiles, un "güey" era una persona analfabeta, tonta, bruta, medio tarada, con una ignorancia que podía equipararse a un mastodonte, como el buey. El buey es una bestia de carga; bueno, pues el "güey" era una bestia humana. Al más bestia de los bestias se le calificaba así. Entonces, no era muy grato que a alguien le pusieran este calificativo, claramente era un insulto.
Luego, de los 90 para acá, ya todo mundo es "güey", y no, no es que nos hayamos hecho tarugos de repente, sino que la palabra ya tiene otro significado, conforme pasó el tiempo y la adoptaron las nuevas generaciones, la han hecho suya, modificándola, suavizándola y sí, a falta de más vocabulario "culto", surge el "güey" fácil y divertido, como paliativo de mocedades jocosas y posmodernas en nuestro México querido.
Bueno, así define Wikipedia este vocablo popular: GÜEY: Término utilizado en México como sustantivo y en menor medida como adjetivo. Se usa comúnmente para referirse a cualquier persona sin necesidad de llamarlo por su nombre y aplica de igual manera al género masculino como el femenino.
Así es... un chico puede ser "el güey", y la chica no será la güeya, sino que es o se hace "güey".
Así, con sorpresa y alegría podemos escuchar cómo es el saludo entre "güeyes":
— ¿Qué onda, güey?
— Pues aquí, güey...
— ¿Estás ocupad@, güey?
— No, aquí nomás, pasándola y haciéndome güey un rato...
.
Ahora, ya tiene un significado más de camaradería, un sentido amistoso.
Los güeyes ahora no se ofenden si se califican así recíprocamente. Incluso, en el "argot" cibernético; es decir, en la forma en que coloquialmente chatean los jóvenes vía messenger, lo escriben así: "Wey".
Entonces, un Wey es un "güey" que se la pasa en la Web, en el chat y en el Internet... sí, un "güey" cibernético. Claro, entre jóvenes ya no lo toman como insulto, pero está mal visto que un joven le diga "güey" a un mayor, a un profesor o alguna autoridad. Entonces sí sería un insulto.
La palabra así sigue siendo inculta, propia del habla juvenil, del lenguaje coloquial-vulgar y jamás se escuchará en un lenguaje formal y culto. Y aunque ahora tenga una connotación amigable, también para ciertas cosas sigue siendo válido el sentido ofensivo.
Ser güey, entonces, es ser tonto por naturaleza, de nacimiento.
Una misma persona puede decirse: "soy bien güey para las matemáticas".
Hacerse "güey" es más de astutos, son listos, pero deliberadamente se hacen pasar por tontos o flojos; ejemplo: "cuando asignan responsabilidades en el trabajo, me hago güey y no digo nada, así no me toca ninguna responsabilidad extra".
También un "güey" es un ente sin nombre: "¿quién es el "güey" de la camiseta roja que vino hoy por la mañana?".
O bien, "¿Quién llamaba por teléfono...?". "Ah, pues un 'güey'que se equivocó de número".
También puede identificarse como una expresión de asombro o sorpresa: "¡Ay, güey!... no sabía que iban a llegar tus papás".
En fin, este mexicanismo nos identifica tanto dentro como fuera del país. Lo que sí es que hoy en día, más que insulto o camaradería, resulta bastante gracioso escucharlo, sobre todo en las conversaciones cotidianas o en la publicidad culta que se burla de las expresiones de este tipo.
--
(Colaboración involuntaria tomada de http://mdemexico.blogspot.com/)
--
O sea: ¿nos pelamos o nos hacemos güeyes...?
--
-

Ella sí sabe contestar...

Diputados locales del PRD y PAN lamentaron el léxico que utilizó el gobernador Eugenio Hernández Flores en un evento oficial realizado en el municipio de Río Bravo, en el cual ridiculizó y tachó de "güey" al titular de la Comisión Estatal del Agua por no poder dar respuesta inmediata a una petición que beneficiará a los riobravenses.
El evento donde el mandatario tamaulipeco se salió de lo oficial se realizó el pasado jueves 17 del mes en curso.
Allí, el mandatario estatal dio el banderazo para el arranque de obras del Proyecto Integral de Saneamiento Río Bravo-Villa de Nuevo Progreso, pero al preguntarle qué para cuando quedaría terminada la obra, Sábas Campos le respondió que hasta dentro de un año. Hernández Flores le dice que un año es mucho tiempo y le pide menos meses:
"¿Para cuando terminas la obra?", pero como no obtuvo respuesta inmediata del funcionario una señora del público le gritó que los trabajos concluirían: "Cuando usted quiera".
El gobernador repitió "cuando yo quiera" y de inmediato se vuelve a ver a su colaborador y le dice: "Ella si sabe contestar, güey".
Y luego le dice a su colaborador; "Te voy a dar otra oportunidad: ¿Cuándo se termina esta obra?", y Sabás Campos respondió: "Cuando usted quiera".
A ello, Eugenio Hernández acotó: "¡Vaya, chinga'o!".
.
Y como en México todo se politiza, menos lo que realmente importa, pues más tardó el gobernador güey en decir lo que dijo que en responderle la oposición:
Para la diputada local por el PRD, Diana Chavira, el lenguaje que escucharon del mandatario estatal sólo le dice que carece de coeficiente intelectual para ser gobernador.
"Habrá que recordarle que a los eventos oficiales que él preside, van madres de familia con sus hijos, eso sin contar a los alumnos de todos los niveles educativos, y Eugenio Hernández está dando un mal ejemplo".
Por su parte, el diputado panista Jorge Alejandro Díaz Casillas reprobó la manera de hablar del mandatario estatal ya que afirmó que es una persona que tiene la atención de niños y jóvenes.
"Esto nos demuestra que en Tamaulipas no solamente tenemos crisis económica, sino también cultural, ya que el dirigirse de esa forma ante la gente que le paga su salario deja mucho que desear".
--
¿No sería que al gobergüey le salió lo ciudadano?
Con decirlo así ya no sucede nada; es más: los medios --sobre todo los alineados-- lo celebrarían como verdaderos güeyes...
--
-

domingo, 27 de septiembre de 2009

¿Y el zapato, apá...

Dice Antonio Caño, corresponsal del diario español ELPAIS en Washington:

Asumamos que los propósitos de George W. Bush eran laudables: "Mi objetivo es un mundo libre de la tiranía", dijo, hace casi cinco años, en el discurso de inauguración de su segunda presidencia.

Asumamos que sus principios eran sólidos: "Siempre seguí a mi conciencia y actué por el bien de mi país", aseguró en su discurso de despedida a la nación, y que su obsesión por la libertad, una palabra que mencionó 25 veces en su última conferencia de prensa, es sincera.

Asumamos incluso que algunos de los errores de su gestión son improvisaciones justificadas por el ardor del 9-11.

Asumamos, por último, que una presidencia no puede ser juzgada por los detalles del gobierno cotidiano sino por la huella que deja en las siguientes generaciones.

Aun así, la de Bush fue una presidencia famélica en resultados e ignominiosa en los métodos, que difícilmente encontrará la absolución de la historia.

Ni él fue capaz de desmentir nunca la imagen pedestre que sus enemigos le crearon ni su obra se impuso por sí misma —como fue el caso de Ronald Reagan— a la incredulidad y al desprecio de sus críticos.

Aunque es posible que cuente con el perdón de Barack Obama, que ha respondido a las peticiones de investigar a Bush diciendo que su instinto le aconseja "mirar hacia adelante y no hacia atrás", W. parece un personaje condenado para siempre al desván de la historia estadounidense.

Puesto que su rechazo es casi unánime en el mundo —quizá se pueden excluir algunos países asiáticos y otros africanos, favorecidos por la ayuda norteamericana en la lucha contra el sida— y en su propio país, donde concluyó su gestión con un índice de popularidad del 27%, a la hora de hacer balance de su labor puede ser aconsejable el ejercicio dialéctico de descubrir primero qué ha hecho bien.

El terrible peso de dos guerras inacabadas, si no perdidas, y la peor crisis económica que ha conocido el mundo caen sobre su gestión de una manera tan demoledora que es difícil rebuscar en otros ámbitos de su presidencia los logros que, al menos, mengüen el calificativo de peor presidente de la historia.

.

La página web de la Casa Blanca ha hecho un resumen de los ocho años de Bush en el que intenta, como es lógico, destacar lo positivo.

Se menciona lo del sida, una reforma educativa conocida como No child left behind, que recibió algunos aplausos en su primer año de mandato; pequeños avances en el seguro público de salud y retórica sobre la expansión de la libertad en Irak y Afganistán.

Ese resumen incluye, sin embargo, un éxito —aunque quizá éste no sea el término adecuado— que Bush exhibió con orgullo en sus últimos días en la presidencia: el territorio de EEUU no volvió a ser atacado desde septiembre de 2001. "Esto no se debe a la suerte ni a que los terroristas no lo hayan intentado", asegura la información oficial. Probablemente hay que atribuirle a algunas medidas de la Administración de Bush, como la reorganización de los servicios de espionaje o la creación del Departamento de Seguridad Nacional, cierto mérito en la consecución de este largo periodo sin atentados.

Pero, como el propio Bush reconoció, ese tiempo transcurrido no es la prueba de que el terrorismo haya sido derrotado o la amenaza terrorista haya decrecido. Al contrario. El último informe del Pentágono sobre el tema alertaba sobre el crecimiento de Al Qaeda y su red de organizaciones hermanas en varias partes del mundo, particularmente en el norte de África, así como del desarrollo de más intensa actividad terrorista en Afganistán, Pakistán y en la frontera entre esos dos países.

La guerra contra el terrorismo marcó como ninguna otra circunstancia la gestión del 43º presidente de Estados Unidos. En nombre de esa guerra, para la que, en un principio, contó con un enorme apoyo dentro y fuera del país, esta Administración quebrantó los principios de la Constitución de tal manera que todavía hace sonrojar a sus propios compatriotas. Los episodios de la prisión de Abu Ghraib, Guantánamo, las cárceles secretas de la CIA, las escuchas sin protección judicial, las torturas... ponen trágicamente el sello sobre esa presidencia.

Todo eso, con toda la degradación ética que representa, hubiera tenido, sin embargo, algún sentido en el frío cálculo de la política si hubiera conducido hacia algún logro que sirviera para argumentar hoy que el mundo es más seguro, más estable o más próspero. Nada de eso puede decirse al despedir a Bush, que consiguió sumarle la incompetencia al deshonor.

.

Incompetencia o negligencia son términos que nos remiten inmediatamente al manejo de la tragedia del Katrina, donde el crédito que le quedaba al presidente se hundió junto a los casi 2,000 norteamericanos muertos.

Pero su más importante y polémica decisión como gobernante, la guerra de Irak, es el mejor y más completo ejemplo de la gestión de Bush.

Al error inicial sobre la inexistencia de armas de destrucción masiva (aceptando la palabra de Bush de que todas las agencias de espionaje del mundo creían, como él, que Saddam Husein las escondía), se sumó una calamitosa cadena de decisiones tácticas equivocadas, desde la disolución del ejército iraquí hasta el cálculo sobre el número de tropas, que convirtieron Irak en un infierno en el que han muerto decenas de miles de civiles iraquíes y mucho más de 4,200 soldados norteamericanos.

El desastre militar de Irak no era más que la consecuencia de la división y la falta de liderazgo dentro de la propia administración en Washington.

Superado por una situación a la que intentó ponerle énfasis patriótico pero que nunca supo gobernar, Bush cedió de hecho el poder a Dick Cheney, quien se convirtió en el vicepresidente más influyente de la historia, y fue incapaz de imponer su autoridad en los enfrentamientos continuos entre las principales figuras del gabinete. "Su gobierno nunca fue un equipo, siempre fueron rivales", ha asegurado el periodista Bob Woodward, quien ha escrito cuatro libros sobre el periodo de Bush.

Donald Rumsfeld, secretario de Defensa durante seis años, siempre ignoró a Colin Powell y a Condoleezza Rice, los dos secretarios de Estado, y construyó por su cuenta un centro de poder ideológico en el Pentágono con Douglas Feith y Paul Wolfowitz, que irritó y marginó a los militares.

Mientras, el principal asesor de Bush, Karl Rove, aumentaba su poder en la sombra y convertía la presidencia en una fortaleza ante el acoso del Congreso y de los medios de comunicación.

Muchas de las figuras neocon de las que Bush se rodeó le dieron a su administración un tono doctrinario y extremadamente ideológico, pero él nunca fue un político de profunda ideología. Ni siquiera de inquebrantable firmeza.

Para ser el matón que a veces decían, aceptó con mucha diplomacia las exigencias de China y de Rusia en numerosas circunstancias.

Y para ser el bastión antiterrorista que presumió ser, se fue dejando a Irán más cerca de poseer capacidad nuclear.

Sus principios liberales no fueron impedimento tampoco para utilizar los recursos del Estado en el rescate del sistema financiero, a fin de contener una crisis económica que acabó por arruinar del todo su legado.

.

Dicen sus íntimos que no conocimos al verdadero George Bush.

Ciertamente se trata de una persona que nunca estuvo a gusto en el ambiente de Washington y que nunca se manifestó con espontaneidad.

No era el escogido por su padre para extender la saga familiar de presidentes ni renunció a la vida frívola de un niño rico hasta que se le encendieron las luces de alarma por el exceso de alcohol.

Después consiguió ser en Texas un político cálido y cercano que despertaba simpatías entre el ciudadano común.

Pero esa imagen quedó rápidamente borrada en la Casa Blanca, a la que llegó con mal pie gracias a una decisión del Supremo Tribunal para desempatar unas elecciones en las que Al Gore se impuso en el cómputo global de votos, aunque perdió por unos pocos el decisivo estado de Florida, gobernado por Jeb Bush, hermano de W.

Bush galvanizó brevemente al país después del 9-11, pero su gestión consiguió dividirlo como no lo había estado en mucho tiempo.

Varios pensadores conservadores insisten en que Bush merecerá algún día el reconocimiento por su dedicación a este país.

Es posible. Pero de momento, a casi un año, el único reconocimiento que obtuvo George W. Bush fue por haberse ido en silencio, discretamente, cediendo más que cortésmente el espacio a su sucesor...

--

-

El arpa, el relax y yo…

¡Mtamadre: ahora entiendo…!

El otro día la Araceli llegó a la casa con un montón de cidís de música instrumental (“música de supermercado”, decíamos antes) y toda con arpa, que dizque porque estaban en oferta en Liverpool…

“Ajá —díjeme amimismo myself—, no vaya a ser: En ofeeeeeerta y en Liverpuuuuul… mjúuuu…”, pensé con el veneno recorriéndome de oriente a poniente, pasando por la atlántica redondez de mi cintura, que viene a ser algo así como el distribuidor vial de la Coca Cola, como han bautizado a ese esperpento majestuoso que ahora nomás provoca cuellos de botella de aquí para allá o de allá para acá, dependiendo del rumbo que uno lleve, o según el favor del viento, como cantaba Violeta Parra hace tantos años que ya no caben en la memoria: “Corra sur o corra norte, la barquichuela gimiendo, llorando estoy… según el favor del viento me voy me voy…”

Pero no expresé nada, nomás me quedé pensando, haciendo un cigarro de hoja —como el personaje aquel del corrido “El barzón”— y luego me empiné otro vaso de algo que de seguramente de lejos parecían residuos miccionales, por su color, textura y bouquet, pero que en realidad era cerveza… vil cerveza Modelo Light, pero más helada que el deste de un pingüino emperador…

Y es que ayer me encontré un papel que decía: “La música puede ayudar a las personas moribundas en sus últimos momentos de vida. Y las notas del arpa son de las más reconfortantes”, y luego vienen las historias supuestamente reales que ilustran el texto para que uno caiga gachamente en el garlito. ¡No les digo?:

“En una habitación de paredes blancas, un cáncer de páncreas acababa lentamente con la vida de Carolyn. Ya no había nada que hacer por esta mujer de 62 años, sólo suministrarle morfina para aliviar el sufrimiento. Y la música de arpa de Jane Franz.

“Franz y su arpa se instalaron al pie de la cama de Carolyn y la habitación fue invadida por un sonido suave, casi hipnótico. De vez en cuando hacía pausas para ajustar sus melodías a los latidos y la respiración de la paciente. Luego de 20 minutos, las notas eran como una bendición. “Junto a la cama había tres familiares de la paciente, que se tomaban de las manos. Había llantos y abrazos. Franz volvió al día siguiente con su música, y poco después Carolyn falleció”.

Pues que descanse en paz la Carolyn, ¿no?

.

Las nuevas terapias señalan que hay caminos que los humanos todavía no conocemos muy bien.

"Los médicos pueden escribir muchas recetas sin encontrar la respuesta justa", dice el doctor Stewart Mones, director del departamento médico del hospital. "Hay ocasiones en las que ninguna medicina va a resultar tan efectiva como una terapia musical".

El oficio de Franz, pues, es una forma de músico-tanatología ("tanatos" alude a la muerte en griego) que data de hace muchos siglos. Se sabe que esa forma de terapia ante una muerte inminente ya era usada por monjes benedictinos en el siglo XI en Cluny, Francia.

El método más popular de la actualidad fue creado hace más de 30 años por Therese Schroeder-Sheker. Se trata de un programa llamado Cáliz de Reposo, en el cual la persona que ejecuta el arpa observa los movimientos del cuerpo y el estado mental del paciente, y ajusta la música a ellos.

Los músico-tanatólogos dicen que usan el arpa por ser un instrumento con muchos sonidos y tonalidades suaves, cálidas. Además, es fácil de transportar.

Ofrecen lo que denominan "vigilias" sin cobrar en numerosos hospitales y centros para deshauciados.

Y es que la música es una especie de medicina para el alma, y más cuando la melodía, las armonías y los ritmos se combinan para calmar al paciente y a sus familiares. El objetivo es ayudar al paciente a dar el paso final cuando ya están listos.

Seguro que cuando sepa todo esto, la Arrolladora Banda Limón, o cualquier otra agrupación gruperrona, hará los arreglos pertinentes para grabar un disco de narco-corridos con arpa y banda, “un original híbrido regional con un fuerte regusto a lo mexicano ahora que estamos en el Mes de la Patria y celebramos el bicentenario de nuestra Independencia Nacional”, calificará Paty Chapoy, con su tradicional ignorancia vestida de ingenuidad y arropada por sus vocingleros diarios…

---

¿Y yo por qué? —pienso arrastrando las neuronas—, ¿yo por qué debo estar escuchando todo el día música de arpa, como si estuviera rodeado de ángeles faldilludos, sentados en nubes confortables toque y toque las arpas…?

Les juro acá entre nos que ya hasta extraño las canciones de toda la familia de los Elizalde, inclyendo a los caballos y las vacas, que según me han dicho cantan mejor que algunos miembros de ese clan, particularmente que el llamado Flaco…

.

Como sea, ya entiendo, pues…

Aunque me queda una duda: ¿en serio me veo tan hodido como para estar escuchando arpas todo el día…?

Permítanme decirles una cosa: ¡Mtamadre…!

--

-

La química prueba de amor...

El 7 de mayo de 1976, presente lo tengo yo, el profesor Ricardo “Guajolote” García nos ofreció, al filo de las once de la mañana, la última clase de nuestra educación media superior en la Escuela Preparatoria Unidad Regional Sur de la UniSon: Cálculo Difrerencial III, materia que impartía al grupo del semestre vocacional de física matemáticas al que yo pertenecía, porque han de saber ustedes, amigos lectores, que este grisáceo columnista estaba convencido de que su futuro profesional estaba en el territorio telcel de la Ingeniería Civil: nada más lejano a la realidad, pues terminé, por azarosas razones que ya les contaré en otra ocasión, inscribiéndome en la Escuela de Altos Estudios de la Universidad de Sonora, en la carrera de Letras Hispánicas, para ser más preciso aunque no más precioso, pero ¿qué esperaban ustedes de un muchachón silvestre como el que fui, limitado por todos los océanos del mundo y, además, proveniente de Navojoa? ¡Ah, verdad!

El caso es que aquel 7 de mayo, el Guajolote simplemente terminó nuestra educación preparatoria con una frase similar a aquella que utilizara Jacobo Zabludowski al despedirse el lunes 19 de enero de 1998, después de veintisiete años de haber sido el vocero no oficial del presidente en turno en México: “Hoy termina 24 Horas. Gracias. Buenas noches”. Y después se fue a gozar de las prebendas que el sistema le otorga a todos los jilguerillos del micrófono que venden su alma al diablo del chayotazo. Mjú.

Nada de una frase memorable como la de Fray Luis de León al regresar a dar su clase a la Universidad de Salamanca después de cinco años de estar a la sombra de un pirul en el bote (“Decíamos ayer, guarrones...”), el Guajolote, veintidós años antes que Jacobo y 410 años después del fraile de marras, sólo nos dijo con ese lenguaje directo que tienen los sinaloenses (qué famita están adquiriendo los sinaloenses en esta columna, eh): “Punto final. Aquí terminan la preparatoria, bola de inútiles. Se pueden ir a la jerga”.

Y sí, como buenos inútiles, nos fuimos a la jerga con un escándalo maravilloso, como si nos hubiera mandado a recoger billetes de cien pesos a la Plaza Cinco de Mayo y que nos quedáramos con ellos. Qué ironía, ¿no? Y era tal nuestra felicidad que el 11 de mayo por la tarde todavía andábamos borrachos. Y es que no todos los días se termina la preparatoria, decíamos nosotros mientras abríamos la siguiente cerveza, ya en calidad y con el color y textura de un hígado encebollado.

En fin, todo este introito fue para mencionar que terminada la preparatoria, cada inútil tomó por los caminos que dios nos había escogido en su infinita sabiduría, aunque en mi caso, como mencioné líneas atrás, a dios como que se le chispoteó el experimento y en lugar de hacerme de esas personas que tienden a subir, me hizo de aquellas que suben a tender, y ni modo de alegarle al ampayer. Así que vine a dar con todos mis huesitos a Hermosillo, directito a la Universidad de Sonora.

Lo bueno del asunto fue que la Natalia, aquella muchacha por quien este humilde pastor de las letras estaba digamos que con el corazón partío y la raya borrada, también hizo viaje a la Universidad, y fue aquí donde nuestras almas establecieron una especie de lucha pasional fincada en una relación física-química que daba espanto: mientras que ella se inscribió en Ciencias Químicas, a mí me fascinaba su físico de Venus navojoense dispuesta a amamantarme como si ella fuera la loba y yo Rómulo y Remo en un solo y silvestre individuo.

El caso es que con el impulso preparatoriano que traía este cronista hoy perrunamente instalado en la orilla de acá de la andropausia, y con la pasión efervescente que me brotó al gozar de la total libertad universitaria (ya lo señala aquel célebre hai-kú: “Tendidos en el zacate/ los muchachos en la Uni/ se beben su Tecate”), cuando nuestras almas se habían acostumbrado al cachondeo espiritual, le requerí perentoriamente a mi Natalia la esperada prueba de amor, a lo que ella sólo respondió que sí, pero con una condición: que le explicara el principio de Le Chatelier…

Yo nomás puse cara de What? y después me alejé por los caminos del sur, al país de mi niñez donde uno y uno sumaban tres, diría Joaquín Sabina.

Si supieran cuánto y cómo lloré por la Natalia (bueno, debo confesar que lloré más por unas partes que por otras de aquella mujer) que yo creí que iba a terminar haciendo fila en el Jardín Juárez para pedir limosna y ahogarme en alcohol de 96 grados a la sombra, o de al tiro me iba a meter al seminario: total, ya mi vida no tenía sentido.

Ahora sé, gracias al libro “Química en Microescala”, de las maestras Oralia Orduño Fragoza y María Guadalupe Cáñez Carrasco, que el principio de Le Chatelier establece que si en un sistema en equilibrio se modifican algunos de los factores que influyen en el equilibrio, el sistema se ajustará a un nuevo estado de equilibrio tal que se compense parcialmente el cambio en las condiciones. O sea, algo así como lo que me pasó con la Natalia, pues luego de aquel rechazo digamos que científico, llegó la luz a mi vida y, aunque me dejó miope, conocí otros aspectos de la esperanza que un dios navojoense y lampiño me tenía prometido para navegar los últimos años de mi animalesca existencia. O algo así...

No sé a cuántos representantes del ala varonil de mediados de los setentas les impusieron algunas estudiantes de Ciencias Químicas la condición del franchute principio a cambio de la orgánica prueba de amor, pero sí estoy seguro que de haber tenido entonces “Química en Microescala” en sus manos, algunas parejas hubieran llegado al altar, con hijos y todo, a jurarse amor eterno al estilo Le Chatelier. Os lo juro por ésta, bohemios.

Ahora sé también que si por ahí me encontrara a la Natalia, dependiendo del escote la retaría a que me ponga de nuevo la condición. Claro que ahora sólo será para curar mi orgullo herido, no para que nuestras almas luchen cuerpo a cuerpo a tres caídas sin límite de tiempo. Uno ya no está para eso.

Y menos cuando uno ha encontrado la luz que acarrea el balance justo en esa ecuación química de pareja, donde cada coeficiente estequiométrico indica el número de átomos y demás elementos presentes en la equidad o emparejamiento, impidiendo así que se presenten reactivos limitantes que provocan la ausencia de nuevo producto pasional: o sea, nada de aquellito...

¡Caramba y samba la cosa, qué vivan las ciencias químicas!

--

-

sábado, 26 de septiembre de 2009

Divagaciones y retorno...

Bueno. El caso es que después de diez días de vacaciones digamos que obligadas luego de cuatro años y medio de andar como el terco (y lento) animal que soy, que siempre he sido, sin descanso ni pretextos, ni en frío ni en la calor, me he ido coagulando de a poquito en el fondo del patio, y según la sesuda observación de la Araceli, ya parezco una como mancha grisácea en la pared blanca del patio. Y ni modo de alegarle, caón: “Si no le temes a Dios, témele a los metales”, dijo García Márquez… “y a las mujeres”, añado joe.

Y precisamente ahí, en el fondo del patio, he puesto en práctica mis habilidades varoniles de macho que se respeta, habilidades que ciertamente poco desarrollé en el periodo que se menciona (como se dice en los informes de actividades), y ahí me tienen desarmando cosas inverosímiles que han estado inactivas durante meses ya porque se les fundió un fusible, ya porque se le desconcertó la chumacera, ya porque se le cayeron dos tornillos, incluidas las tuercas y las rondanas.

Y en esas horas lentas, me atreví, porque no me quedaba de otra, a destapar un par de abanicos de techo a los que había que cambiarles el capacitor de arranque, ya que simplemente dejaron de funcionar, como si se les hubiera acabado el contrato de un momento a otro. O sea, eché mano a los fierros como queriendo pelear y ahí me tienen quitando tornillos y switches para poder hacer la debida operación a corazón abierto a los susodichos aparatejos.

Fue precisamente que estando en el quirófano, en el fondo del patio y bajo los yucatecos, en el alborozo otoñal de los pajarillos y el ladrido hormonal de los perros, que sentí que un ángel pasó arrastrando sus faldillas y me le quedé viendo a la imagen de un abanico que giraba como si ya lo hubiera reparado, y hete ahí que me surgió una duda existencial y me pregunté myself: “Cuando vemos girar las aspas de un abanico de techo en nuestra habitación, ¿son las aspas del ventilador las que giran, o están inmóviles y somos nosotros los que giramos alrededor de ellas?”, luego me quedé como dormido, cantando en un susurro lento que cincuenta años son nada y febril la mirada, errante en las sombras, te busca y te nombra…

Tres horas después, cuando desperté con la baba como corbata lechosa, pensé que el ventilador de techo está soportado por el techo, por lo tanto si el punto de apoyo es el techo, y uno desde la cama observa solidario con el techo al cual se toma como referencia... entonces se mueven las aspas, y uno (yo, tú, él, nosotros, ustedes y ellos) estaría inmóvil.

Ahora bien, en mi abanico de techo, al cual conozco muy bien, el embobinado está inmóvil, solidario, como yo en la cama, con el techo, y lo que se mueven son las aspas, también solidarias, creo, con el movimiento inducido... así que desde el punto de vista de las aspas los que nos movemos somos nosotros...

Pero, si ampliamos la reflexión y nos vamos hacia el extremo posible, e incluimos la teoría de las cuerdas y membranas, tal vez ni exista el abanico. Y es que según esas nuevas teorías, hay once dimensiones de las cuales tenemos tres, conocidas como X, Y y Z, donde forman un eje de coordenadas cartesianas oscilando de un cuarto vector que es el tiempo, por lo que dicha oscilación hace que no haya definición de cuerpos en el tiempo, sino que son estructuras casi vacías que se desplazan sobre una onda, y esta fluctuación cuántica está soportada por supercuerdas.

En síntesis, la teoría afirma que todo lo que existe en el universo está formado por unas cuerdas vibrantes infinitesimalmente pequeñas, tan pequeñas que si expandiéramos un átomo al tamaño de nuestro sistema solar, la cuerda sería grande como un árbol. Y, por si fuera poco, se dice que las cuerdas, cien trillones de veces más pequeñas que un protón, vibran, y cada modo de vibración representa una partícula distinta. Según este modelo, cada partícula subatómica corresponde a una resonancia distinta que vibra sólo a una frecuencia característica.

En contraposición, sabemos que la fuerza centrífuga no es una fuerza misteriosa que aparece súbitamente, sino que es resultado de la inercia donde un objeto que se mueve tiende a conservar la dirección y velocidad de su movimiento. Como el movimiento que nos ocupa (el de las aspas del abanico, ¿recuerdan que de eso les hablaba en un principio?) es rotatorio, los objetos de la habitación tienen a seguir en forma rectilínea y por lógica se estrellarán contra la pared. Entonces, si sólo giran las aspas el ventilador, todo quedaría en perfecto orden, y esa es la prueba, con lo que se demuestra que son las aspas y no el Armando las que giran.

Sé que el Armando gira cuando se toma unas cheves, pero esa es otra historia que no tiene nada de misteriosa. O sea… ¡Helllllo!

Ya sé que no faltará el verdaderamente estudioso de estos asuntos que preguntará “Oye, wey, ¿pero cómo explicas que las aspas del abanico no sufran los problemas derivados de la inercia y la fuerza centrifuga?”, ante lo cual me quedaré calladito porque según entiendo así me veo más bonito que la Lupita, aunque podría decirle que no hay purrún con eso, pues las aspas están perfectamente equilibradas (si están bien colocadas, obviamente), así que la inercia y, por ende, fuerza centrifuga se equilibra en todas las aspas y el abanico no se desplazará hacia ningún lado… pero mejor me quedo calladito calladito…

También hemos aprendido que el movimiento es relativo. Todo se mueve. Hasta las cosas que parecen estar en reposo se mueven respecto al sol y las estrellas; es decir, su movimiento es relativo a estos astros. Así, un libro que está en reposo respecto a la mesa sobre la cual se encuentra, se mueve a unos 30 kilómetros por segundo en relación con el sol, y aún más aprisa respecto al centro de nuestra galaxia…

Nada está inerte, ni siquiera yo dormitando bajo los yucatecos en el fondo del patio, entre la algaraza de los pájaros y los ladridos amatorios de los perros, imaginando que los abanicos giran y generan una brisa suave que refresca el rostro y el alma: Todo está en eterno movimiento.

Y mientras yo sigo reflexionando en las aspas del abanico, una capa de silencio cae en medio de la mañana y escucho el silencio rugoso del paso de un ángel: ¿es Dios, es el hastío, es el tiempo que se quiebra lentamente en alguna parte de la esperanza…? (Que conteste la ciencia).

--

-

A río revuelto, ganancia de manipuladores...

“Pa’ mí —dijo mi primo el Chato Peralta undomingo estando herrando—, el tal Osama bin Laden no es nadie más que Antonio Banderas disfrazado y filmado en un estudio de Hollywood para meterle más miedo a los gringos, que ya de por sí andan como el personaje melódico de aquella canción de Oscar Athié (¡qué moderno el compa, eh!) que se lamentaba porque estaba flaco, ojeroso, cansado y sin ilusiones, más o menos como anda cualquier varón bien nacido la mañana del domingo, después de una noche de copas, de una noche loca, y con el griterío de la vieja a todo lo que da, sin dejar ver calmadamente el futbol...”, y luego se volvió a ocupar de esa lata más fría que las patas de un pingüino que traía pintada una águila como de la Tecate, y que ya desde hacía rato que no le prestaba la atención debida, faltando a la ética de todo buen bebedor social que se precie de serlo... Psí...

Pues sabe si mi primo tendrá o no razón en alguna de las partes que expuso en el párrafo anterior, pero en lo que toca a la aparición del Bin Laden ciertamente que hay un alto grado de sospechosismo en todo este asunto de la reaparición del Bin Laden después de tres años, sí que lo hay. Y —de acuerdo a la perrada experta en el tema de lo policiaco y truculento—, no por nada aparece un video del barbón personaje rindiendo honores a los aerosuicidas, justo a escasos días de la trágica fecha 11 de septiembre, cuya parafernalia se acerca más al Mardi Grass que a un día para la memoria sensata e inteligente, sin disfraces ni himnos ridículos, algo así como lo que publican los diarios casi a diario, “que viene a ser algo así como un ditirambo”, dijera Rosa Elvis... ¡A qué la...!

Y es que en este asunto del manipuleo generoso, nos sobran las direcciones electrónicas de la prensa vendida (jamás será vencida), pero uno que es un suricato cruzado con güaimarán, como veíamos con precisión los días de esta semana, sabe que hay muchos caminos para llegar a Roma y no perder la vida o la dignidad (lo que ocurra primero) en el intento.

Dicho en palabras rancheras, hay muchas otras cosas a las que podemos recurrir para dejar de lado la utilización comercial del 11 de septiembre (presente lo tengo yo: de dos aviones certeros un par de torres cayó... un par de torres cayó-oooo — con música de Rosita Alvírez, por favor—) y todo el rito de liviandad que quieren vacunarnos con las niñas reales que van a la escuela y las princesas del pop que han dejado de serlo gracias a su proclividad por la vida licenciosa (uhhh: ya llegó el envidioso) y el desenfreno propio de los que están podridos en lana y en sus propios desperdicios morales.

Yo, por ejemplo, recuerdo ahora mismo la historia de un amigo a quien el amor le secó el hemisferio izquierdo del cerebro y le infartó la parte de abajo del corazón. Ya sé que no me van a creer, pero se los juro por ésta (dedos en cruz, no lo que Usted imagina, cochinón lector, eh) que lo que les digo es la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad. Y es tan actual, que no hace mucho sucedió... digamos que un año y medio. Le pasó a un vecino del barrio. En Santa Fe.

Aunque ya no vive por ahí. Ahora radica un poquito más al poniente, en un lugar ubicado sobre el bulevar El Llano, más allá de Los Lagos. Y ¿saben por qué? Simplemente porque se enamoró. En serio. Se enamoró como adolescente. Con un amor plomeramente silvestre, como debe ser el amor más puro. Me imagino.

Y es que el amor es una cosa esplendorosa. Nos levanta por encima de donde nos encontramos. Lo único que necesitamos es amor. Que frases tan lindas, y tan ciertas. “¡Es tan hermoso estar enamorado!”, dicen los personajes más cursis de las telenovelas mexicanas. Y también las canciones de Juan Gabriel, en ese lenguaje cifrado que manejan los artistas.

Alguna vez en nuestra existencia hemos llevado a flor de piel este sentimiento. Algunos a distintos niveles que otros, pero todos hemos amado. Hemos amado a nuestros padres, a nuestros hermanos, nuestros abuelos, parientes; incluso a nuestros maestros, porque dicen los sicólogos que de verdad saben del asunto que todas aquellas personas que se encargan de satisfacer nuestras necesidades primarias despiertan un fuerte sentimiento de aprecio en nosotros. Así que no es raro que uno se enamore hasta de su abuelita.

Aquella famosa frase popular que reza “El amor es ciego” es muy cierta. Puesto que al enamorarnos, muchas veces dejamos de apreciar acciones y actitudes en el ser amado que normalmente serían muy notorias. O sea, ya no nos fijamos si el objeto de nuestras pasiones es malhumorado, egoísta o tiene cierta inclinación hacia la bebida que lo pone como bestia y termina bailando con uno mismo La playa sola de los Invasores de Nuevo León. ¡Qué sopor y qué bochorno, raza!

Pero el amor, esa cosa esplendorosa, todo lo puede, dicen los enterados. Y es que cuando uno es herido por las saetas de cupido, no hay nada que valga más que lo que la otredad provoca en uno. “Es una sensación de plenitud que ni medio kilo de carne asada hace que uno sienta”, dijo el otro día el Simeón, sirviéndose el octavo taco. Acaso así sea el amor: un camino nebuloso que nos lleva a destinos que tal vez ni dios pensó. Y eso fue lo que le pasó a mi amigo de allá de Santa Fe.

En serio: no me lo van a creer, pero mi ex vecino se enamoró de un tinaco. En serio. Se enamoró como si fuera un rinoceronte de Sumatra. Y es que con el tandeo (no me digan que no lo recuerdan, eh), el tinaco se volvió un artículo de primera necesidad. Casi casi una obligación que pinta rayas sociales y que separa a los hombres de los niños, para decirlo de manera socialmente aceptada.

Así que cuando su mujer le ordenó a mi amigo que buscara un tinaco en los catálogos de oferta de una reconocida tienda departamental, al ver el marcado con el número 595784 perdió la razón, al grado tal que aquella obsesión le infundió la serenidad esponjosa de la inapetencia sexual por su esposa, a quien dejó en tal grado de abandono que ella tuvo que buscar consuelo en los brazos del repartidor de Aqua Pura, al que le toca entregar lunes, miércoles y viernes la dotación correspondiente (con su repechadón gratuito: ¿Tienes el valor o te vale? En otras palabras: el que a hierro mata, a hierro muere).

La última vez que fui a visitar a mi amigo a la Cruz del Norte, tenía en su celda una foto de un Tinaco Rotoplas y enseguida una de la Lola. “Y es que le agradezco que me haya indicado el camino del amor”, dijo con un tonito de Joan Sebastián que apenas podía con él. Después acarició la foto del número 595784 y soltó un llantito delgado que parecía moco de guajolote. Yo nomás sentí pena.

Después, secándose las lágrimas, dijo a media voz: “¿Cómo no me iba a enamorar de un tinaco Rotoplas 1100, protegido con plásticos anti-bacterias en el interior, tapa con rosca para sellar cien por ciento y evitar el paso del polvo, y además con los accesorios más finos, como un flotador del número 5, válvula de llenado de 19.05 milímetros, multiconector reforzado, válvula de esfera también de 19.05 milímetros, jarro de aire aprobado por la FDA gringa, plásticos anti-bacterias desarrollados para cuidar la salud de toda la familia, y encima de todo, una hermosa doble capa: la exterior negra impide el paso de la luz solar; la interior blanca facilita su limpieza?”, dijo mi amigo en ese éxtasis que sólo el amor por un tinaco puede inspirar. Y todo gracias, como dijo mi amigo, al tandeo. ¿Quién iba a pensarlo, eh?

Les digo: uno fácilmente tiene historias cercanas que pueden hacer que la vida tome un sentido más humano, en lugar de andar perdiéndose en esas fastuosidades del comercio de la noticia por asuntos que tienen que ver más con la ambición de un puñado de individuos aspirantes a tiranos que no el dolor real de un pueblo entero. Para mí que Antonio Banderas, Bin Laden y mi amigo enamorado de un tinaco son la misma persona. Fijándose poquito, son idénticos. En serio...

--

-