Trova y algo más...

lunes, 5 de enero de 2015

El CI de un holgazán...



El otro día, nomás de holgazán me puse a resolver una prueba de esas que aparecen en internet y que miden el Coeficiente Intelectual (CI).
¿Cuál fue mi resultado?: 73 puntotes, uno detrás de otro.
Yo andaba encantado (ebrio de felicidad, diría el poeta Rubén Darío), hasta que me topé con la medición de resultados, pues según la prueba de Wechsler (que ni me pregunten ahorita quién es, si quieren mañana les digo, porque yo, como dijera Renato Leduc: “soy un genio de un día para otro, pero el mismo día soy muy pendejo”), los resultados se miden así:
Menos de 70 puntos es retraso.
De 71 a 89 la persona está en un limbo medio peligroso.
De 90 a 110 es la puntuación promedio.
De 111 a 134 la persona está en un limbo menos preocupante.
De 135 hasta 164 puntos se considera una persona dotada (no es albur, eh).
De 165 para arriba (hacia el infinito y más allá) es considerado un genio.
Así que después de ver esta tabla, sentí así como que algo se me quebró por dentro porque yo siempre he creído que no ando volando tan bajo en esto del CI, aunque tampoco tan alto. Digamos que soy un respetable representante del promedio intelectual.
No obstante, el internet suele tener ambas caras de la moneda, y así como te pone un test de CI para que te estrelles, también te tira un salvavidas para que no te quieras arrojar al vació desde el primer puente que se cruce en tu camino.
Y ahí nomás navegando (ya ven que soy un holgazán), me encontré con esta maravilla, que dice lo siguiente:
1. Los test de CI son relevantes para las ciencias y las matemáticas. Que una persona tenga el CI alto no significa que posea amplios conocimientos en otras áreas importantes, como la historia o las letras en general. El portal Ojo curioso pone como ejemplo al genio Einstein, que, a pesar de tener un CI alto, no pudo ingresar en una prestigiosa escuela porque obtuvo notas excelentes en las pruebas de matemáticas y ciencias pero falló en otras materias de igual importancia.
2. El CI no tiene en cuenta la creatividad. La creatividad tiene la misma importancia que las habilidades matemáticas o las capacidades para memorizar datos, opina el portal. No obstante, las pruebas de CI no pueden medir el nivel de creatividad de una persona. Muchos famosos artistas no podían presumir de ser buenos matemáticos, lo que no impidió que dejaran una profunda huella en la historia de la humanidad con sus obras.
3. Las personas con CI alto pueden terminar aislados y arrogantes. A los individuos que logran obtener buenos resultados en las pruebas de CI se les abren las puertas de los exclusivos clubes para personas ‘intelectualmente superiores’. Se rodean de personas con el mismo nivel de CI pero a menudo, en lugar de aprovecharlo como un estímulo, solo comparan sus conocimientos para determinar quién es más inteligente.
4. Subjetividad de las preguntas. Un mal resultado en un test de CI no refleja el nivel real de la inteligencia de una persona, ya que muchas preguntas son subjetivas. Por ejemplo, determinar el color de una manzana no tiene una respuesta correcta. Además, es posible entrenarse para responder las preguntas de manera que, cuantas más veces se pasa el test, mejor resultado se obtiene.
5. Antes servían para medir la edad mental de los niños. Los test verbales de CI fueron ideados para diagnosticar los posibles retrasos mentales en los niños. Los resultados se comparaban con su edad biológica. Así, si un niño de 10 años obtenía 50 puntos en la prueba de CI se concluía que sus capacidades intelectuales eran equivalentes a las de un niño de 5 años.
Sin embargo, a los 15 años en la mayoría de las personas la edad mental y la biológica se equilibran, con lo que las pruebas de CI dejan de tener relevancia.

Como sea, siguiendo la lógica de Renato Leduc, mañana volveré a hacer la misma prueba, a ver si es cierto que, como el afamado escritor, resulto ser un genio de un día para otro. Mientras, seguiré siendo un holgazán.
Y hablando de holgazanes, esto me recuerda la canción “La quiero a morir” ("Je l'aime à mourir", en su versión original en francés), que se le atribuye a Francis Cabrel, quien convirtió esta obra en un éxito en 1979.
Aquí, por supuesto, les comparto la canción, con todo y letra (en español).


Y yo que hasta ayer
sólo fui un holgazán,
y hoy soy el guardián
de sus sueños de amor.
La quiero a morir.

Podéis destrozar
todo aquello que veis,
porque ella de un soplo
lo vuelve a crear,
como si nada,
como si nada.
La quiero a morir.

Ella borra las horas
de cada reloj
y me enseña a pintar
transparente el dolor,
con su sonrisa.

Y levanta una torre
desde el cielo hasta aquí.
Y me cose unas alas
y me ayuda a subir,
a toda prisa,
a toda prisa.
La quiero a morir.

Conoce bien cada guerra,
cada herida, cada ser.
Conoce bien cada guerra
de la vida y del amor también.

Me dibuja un paisaje
y me lo hace vivir
en un bosque de lápiz
se apodera de mí.
La quiero a morir.

Y me atrapa en un lazo
que no aprieta jamás,
como un hilo de seda
que no puedo soltar,
no quiero soltar,
no quiero soltar.
La quiero a morir.

Cuando trepo a sus ojos
me enfrento al mar,
dos espejos de agua,
encerrada en cristal.
La quiero a morir.

Sólo puedo sentarme,
sólo puedo charlar,
sólo puedo enredarme,
sólo puedo aceptar
ser sólo suyo,
ser sólo suyo.
La quiero a morir.

Conoce bien cada guerra,
cada herida, cada ser.
Conoce bien cada guerra
de la vida y del amor también.

Y yo que hasta ayer
sólo fui un holgazán,
y hoy soy el guardián
de sus sueños de amor.
La quiero a morir.

Podéis destrozar
todo aquello que veis,
porque ella de un soplo
lo vuelve a crear,
como si nada,
como si nada.
La quiero a morir.

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domingo, 4 de enero de 2015

Entre Raúl y Salvador...




Cuando doña Olga (mi madre, bohemios) nos enviaba a mis hermanos y a mí a misa (a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, en Navojoa) en aquella hora terrorífica de mis domingos infantiles, no sé cómo hacía mi espíritu para separarse de las miserias que conformaban mi cuerpo (lento y miserable animal que soy, que he sido, paráfrasis a Jaime Sabines, lo siento) y se iba de parranda a no sé dónde, mientras que lo que quedaba de mi tristeza hecha carne se instalaba estratégicamente entre Salvador y Raúl (mis hermanos, ciertamente: los pilares de mis recuerdos infantiles) y se dormía plácidamente antes de que el cura en turno pidiera que nos declaráramos culpables de un crimen que no habíamos cometido, como en la serie “El fugitivo”, con David Janssen.
Debo decir que yo me negaba a golpear mi pecho durante el Confiteor porque no tenía nada de qué sentirme culpable, a no ser el innoble y oculto deseo de saber qué había más allá de los confines del universo: como veis, mi curiosidad de niño no tenía límites. (Ahora ya no me interesa tanto ese asunto porque, según he leído, el universo no tiene confines, de acuerdo a los trabajos del astrónomo norteamericano Vesto M. Slipher, a quien no tengo el gusto de conocer, quien descubrió en 1912 que el universo se está expandiendo. Qué miedo, ¿no?).
No recuerdo mucho de mis domingos de esa parte de mi infancia, cuando mis hermanos y yo podíamos navegar a solas tres cuadras para llegar a la iglesia, escuchar misa y regresar a casa a recibir los cariños de doña Olga, que nos esperaba como supongo que una leona satisfecha espera a sus cachorros cuando se van de cacería.
Tengo la sensación de que esos domingos de mi infancia, cuando mi madre nos mandaba a la guerra religiosa como si hubiésemos sido caballeros templarios (de los de a deveras) en una de las múltiples y fallidas cruzadas, se me fueron borrando de la memoria poco a poco, hasta quedar un hueco pastoso en el pasado donde perfectamente podría acomodar algunos rencores y miles de pedacitos dominicales, como si alguna gigantesca picadora de papel hubiera triturado aquellos días y los hubiese acumulado debajo de la alfombra de aquellos días, como basura del tiempo.
Hoy, a cierta hora de los domingos, esos días como hoy, que a veces tienen un sabor como de bilis mezclada con desesperanza, me llega el recuerdo de aquellos jirones de misa que no alcancé a escuchar nunca porque, entre Raúl y Salvador, me quedaba dormido como esperando que pasara el tiempo, ese tiempo que no pueden calcular los relojes, sino los deseos de meter ese tiempo en una botella…
Sí, como Jim Croce...


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sábado, 3 de enero de 2015

El día más frío del año...


Foto meramente ilustrativa: ni soy yo ni nieva en Hermosillo.

Según la prensa local, ayer fue el día más frío de todo lo que va del año aquí en Sonora.
No soy nadie para desmentir el dicho, sobre todo si consideramos que apenas van dos días del 2015, y de verdad que ayer hizo mucho frío.
El viento soplaba y traía esas como navajas heladas que cortan la respiración y hacen que duela el cuerpo. La parte diabólica de mi ser diría que era una sensación hermosa, pero por respeto a quienes detestan la gelidez ambiental, diré solamente que hacía mucho frío.
Conozco gente que no le gusta el frío, a mí me encanta.
Será tal vez que, como soy un profesional de la nostalgia, el frío me lleva de nuevo a los viejos días de la infancia, cuando el invierno era un aliento de hielo venido de todas partes y el corazón temblaba de emoción y de frío, mientras los dedos de las manos se iban engarrotando alrededor de un tiempo que los relojes del mundo se encargaron de hacer polvo y ceniza de un deshielo acelerado que ha puesto en jaque a los ambientalistas, mientras los desventurados como yo que no saben qué responderse cuando llega el invierno y en las calles todo parece verano.
Sí: hemos perdido el rumbo como humanidad, y la señal más simple de ello es que simplemente el frío es nada más que el acento de esa i perdida en la palabra melancolía.
Ayer hizo frío.
Se cumplió el pronóstico de que sería el día más helado del año en este jirón del planeta que nos permite habitarlo con humildad, y mi infancia vino de nuevo a sentarse a mi lado para contarme que al árbol de yoyomos se le han caído las hojas, que el árbol algodón parece un pino nevado de tantas florecillas blancas que le han brotado y que las piedras por donde cruzábamos descalzos hacia la otra orilla del Río Mayo están tan heladas que es mejor ponerse los zapatos para no enfermarse.
Y es que cuando aprieta el frío se despierta el niño que fui y sale corriendo a sentirse vivo de nuevo, entre el aire helado del pasado con un extraño sabor a felicidad infantil.
Nada qué ver con la canción de Joaquín Sabina, quien extraña a una mujer que conoció en la glorieta de Atocha, en Madrid…
Va la canción, claro, y la letra para entender el drama de cuando aprieta el frío… como ayer, aquí, en esta sucursal del infierno.


Viajero que regresas a esa ciudad del norte
donde una dulce nieve empapa la razón,
donde llegan los barcos cargados de preguntas
a muelles laboriosos como mi corazón.

Háblale de mi vida, las autopistas negras
que atraviesan volando mi terca soledad,
esa gente que pasa por la calle, llevando
mi pensamiento al otro lado de la ciudad.

Cuando de ella y de mí queden sólo estos versos,
los hoteles que un día quisimos compartir,
los coches aparcados sobre nuestro recuerdo,
la Glorieta de Atocha donde la conocí,

dile que estoy parado al final de mí mismo
igual que un aduanero sin nadie a quien multar,
como un autoestopista debajo de la lluvia,
como la menopausia de una mujer fatal.

Y dile que la echo de menos,
cuando aprieta el frío,
cuando nada es mío,
cuando el mundo es sórdido y ajeno,
que no se te olvide,
es de esas que da
siempre un poco más
que todo... y nada piden.

Cuéntale que la extraño y que me siento seco
igual que un presidente dentro del autobús,
como una Kawasaki en un cuadro de El Greco,
igual que un perro a cuadros, igual que un gato azul.

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viernes, 2 de enero de 2015

Mi papá y el 2 de enero...




Hoy es 2 de enero, y en esta fecha siempre recuerdo de mi papá. Ya les diré por qué.
De acuerdo al santoral es día de San Macario. Al respecto, leo en el Almanaque Popular 2015 lo siguiente:
“Muchas son las leyendas que se atribuyen a la vida de San Macario, pero tal vez la más cercana a los relatos tradicionales sea la que narra cómo, queriendo atravesar un lugar muy intrincado, fue dejando unas cañas clavadas en el suelo para reconocer el camino de salida. A punto de terminar su trabajo, ya muy cansado, se echó a dormir, y cuando despertó vio que el demonio, para burlarse de él, había ido recogiendo todas las cañas y las había amontonado a su lado.
“Otras leyendas, recogidas por Santiago de Vorágine, cuentan que, arrepentido Macario por haber matado a un tábano de un manotazo, se desnudó y se expuso a la picadura de todos los insectos que se posasen sobre su cuerpo, quedando absolutamente lacerado. Del mismo modo, y para vencer las tentaciones, se expuso a la picadura de un enjambre de avispas que se ensañó con él hasta dejarle tan desfigurado que sólo se le reconocía por la voz.
“La etimología atribuye muchos significados a su nombre, siendo los más cercanos a su leyenda los de ingenioso, esforzado y feliz”.

El 2 de enero me recuerda aquellos viajes que hacía mi padre de regreso a su trabajo (casi siempre trabajó fuera), y este día íbamos a dejarlo, después de pasar las fiestas navideñas en casa, a la Central Camionera a que tomara un autobús hacia mil destinos, y allá iba el hombre, con una cruda espantosa y un semblante borroso, curtido en alcohol, como chile jalapeño, y arrastrando una precaria maletita, a rencontrarse con la soledad, con los días de trabajo y con un lento cuestarriba que lo fueron desgranando poco a poco hasta dejarlo casi ciego.
Aunque mi papá y yo no coincidíamos en muchas cosas cotidianas, aunque casi no cruzábamos palabras, aunque nuestra visión del mundo eran polos opuestos, cada vez que íbamos dejarlo a la Central algo se me iba muriendo por dentro porque sabía que no volvería a verlo en muchos meses. Y al regresar a la casa, yo ya no le encontraba mucho sentido al año nuevo, pues, pese a esa enorme distancia que nos unía a mi papá y a mí, la ausencia de mi papá era como un agujero negro que iba absorbiendo todos los momentos de alegría y me dejaba a cambio una gran nostalgia por aquel hombre que a fin de cuentas abordó un Tres Estrellas de Oro (su línea favorita) y se fue de la vida una tarde calurosa de marzo de hace dos años.
Mi padre no se llamaba Macario, pero era un hombre ingenioso y esforzado. Y de seguro era feliz a su manera. Trabajó siempre duro y mucho hasta que el cuerpo ya no le dio más y se retiró. Sé, porque me lo contaron sus dos hermanas, mis tías, que  mi papá trabajó desde los 12 años, justo cuando quedaron huérfanos de padre y madre. Como él era el único varón de aquella escueta familia, tuvo que cargar sobre sus hombros infantiles el compromiso de sacar adelante a sus hermanas, fiel a esa ancestral tradición michoacana.


Hoy, 2 de enero, saco cuentas rápidas: mi papá fue un duro trabajador durante más de 55 años. Y nunca se quejó de su destino. Y me acuerdo a solas de mi padre, y lo recuerdo más en las letras de la canción "A mi padre”, de José Luis Perales, que comparto con añoranza con ustedes.
Y la letra también, claro:


Tiene el andar cansado, y a sus espaldas,
sesenta y tantos años de esperanza;
tiene una casa,
verdugo de sus manos y sus espaldas.

Cuando amanece el día camina y canta,
buscando de la tierra, en las entrañas,
el pan caliente:
milagro que realiza cada mañana.

Es aprendiz de todo, maestro en nada,
es poeta a su modo, le gusta el alba,
y entre sus manos (y entre sus manos)
florecen a escondidas algunas llagas.

Tiene cansado el cuerpo, cansada el alma;
tiene un interrogante sobre su cara,
tiene un camino (tiene un camino),
le gusta ser amigo de sus amigos.

Quiso cambiar su vida, dejar la aldea,
mas no pasó de ser una quimera,
una quimera
que se quedó dormida entre la tierra.

Tiene cansado el cuerpo, cansada el alma;
luce sobre su pecho camisa blanca,
con su mirada (con su mirada)
me dice que la vida no vale nada.

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jueves, 1 de enero de 2015

Feliz Año Nuevo...




No es sólo compartir el pan y la sal mientras llega la media noche.
No es sólo el abrazo y el mensaje esperanzador.
No es sólo el beso cálido y las palabras de aliento por el año que inicia:
el rito de año nuevo implica todo lo que hemos dejado en el pasado,
son todos esos días —felices o tristes, luminosos o miserables—
                                    que ya no volverán
y que estarán viéndonos desde un rincón del pasado
como fieras sangrientas que esperan que nos descuidemos
para caernos encima y destrozarnos poco a poco
con sus garras de tristeza y de agonía.

Hoy inicia el camino de un nuevo año,
uno que tendremos que aprender a volver a vivirlo
como hemos vivido cada año de nuestra vida:
día a día, hora a hora, sorbo a sorbo…
como se beben los buenos e irrepetibles vinos
y se saborean los besos inolvidables.

Va un abrazo enorme
y el deseo de que los perversos no nos arrebaten
las ganas de vivir…

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miércoles, 19 de noviembre de 2014

Advertencia...


¿Qué puede superar a una desgracia nacional como la ocurrida en Iguala?

Una desgracia peor.

Y de seguro que el Estado ya la está cocinando...

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miércoles, 12 de noviembre de 2014

El peligro de la búsqueda...



El gran peligro que tiene la búsqueda de los 43 normalistas desaparecidos es que mientras que los padres los buscan (aunque estuvieran muertos) para darles más vida que nunca, la PGR los busca (aunque estuvieran vivos) para darles más muerte que nunca. 

Y está comprobado históricamente que la PGR no se cansa nunca de sembrar muerte.

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