Trova y algo más...

miércoles, 7 de enero de 2015

Murió Julio Scherer, el reportero perpetuo...



El tres de octubre de 1968, un día después de la matanza de Tlatelolco, el diario Excélsior publicó un cartón de Abel Quezada. Sobre un recuadro negro se leían las palabras ¿Por qué? La viñeta respondía con fuerza a la barbarie del Ejército. La decisión de publicarla la tomó Julio Scherer García, que llevaba poco más de un mes como director del periódico y había emprendido un cambio para terminar con la prensa servil al poder de México.
Ese fue el sello que marcó la vida de Scherer, el gran maestro del periodismo mexicano, que falleció la madrugada de este miércoles en su hogar de la Ciudad de México a los 88 años a causa de un choque séptico. Así finalizó una extensa carrera de 70 años en el periodismo que comenzó en la década de los cuarenta como mensajero en el Excélsior y que dejó 22 libros publicados. Tras el golpe a ese diario orquestado por el presidente Luis Echeverría en 1976, Scherer fundó la revista Proceso. Su último texto se fechó un mes antes de su muerte, dedicado a la muerte de su amigo, el escritor Vicente Leñero.
Murió el reportero eterno, único mexicano que pudo sentarse con una libreta para entrevistar a personajes como Fidel Castro, Pablo Picasso, John F. Kennedy, Salvador Allende, al Che Guevara, Augusto Pinochet, Olof Palme y Zhou Enlai, entre muchos otros. Elena Poniatowska escribió que Scherer le había confiado que uno de sus grandes lamentos era el no haber entrevistado a Nelson Mandela.
Sus crónicas, como la de la hambruna en Bangladés en 1974 (recuperada recientemente por Letras Libres), hablan de una ambición por contar el mundo que se desplegaba más allá de las fronteras mexicanas en una época donde el poder y el resto de la prensa preferían mirar hacia adentro.
“La cirugía y el periodismo remueven lo que encuentran. El periodismo ha de ser exacto, como el bisturí. Si algo me apasiona es el periodismo sin imaginación, el toque de la realidad como es. En nuestra profesión nada supera al dato estricto y a la palabra exacta”, escribió Scherer, un hombre que negaba las entrevistas porque rechazaba que los reporteros fueran el centro de la atención.
Una anécdota dibuja la persistente obsesión de Scherer por la precisión de las palabras. Gabriel García Márquez le mandó el manuscrito de El amor en los tiempos del cólera, que se encontraba en galeras. Después de leerlo, el periodista llamó por teléfono al Nobel. A Scherer lo deslumbró la descripción de la mulata de "senos atónitos". "¿De dónde, Gabriel, nace el calificativo insólito y perfecto", preguntó Scherer. "El adejtivo brillaba como ningún otro. García Márquez dio otra pasada a la novela para cerciorarse que apareciera una sola vez en la obra", recuerda Scherer en Estos Años.   
Scherer era nieto de Hugo, un banquero alemán que llegó a México a mediados del siglo XIX para instalarse en la alta sociedad durante la dictadura de Porfirio Díaz. Con la Revolución mexicana, muchos de los inmigrantes europeos regresaron a Europa. Hugo Scherer no lo hizo. El país recompensaría su fidelidad haciéndolo director del Banco Nacional de México. Julio Scherer, el tercer hijo del matrimonio entre Pablo, el hijo de Hugo, y Paz García, nació el 7 de abril de 1926.
La reputación de Scherer lo hizo ganarse el gran reconocimiento de los grandes intelectuales mexicanos. Tras la matanza de octubre del 68, Octavio Paz, embajador de México en la India, decide renunciar al cargo como protesta. Planea regresar a México y Scherer le ofrece fundar un medio. Así nace Plural, una revista literaria fundamental para la vida cultural mexicana de la década de los setenta y semilla de Vuelta. “Aceptamos con una condición: libertad. Scherer aceptó como los buenos y jamás nos pidió suprimir una línea o agregar una coma. Actitud ejemplar, sobre todo si se recuerda que más de una vez los puntos de vista de Plural no coincidieron con los de Excélsior”, escribió el Nobel mexicano.
Como reportero, a Scherer siempre le atrajo la figura del poder como objeto para retratar con su pluma. Su libro Los presidentes es una crónica indispensable para entender la figura del ejecutivo y la obsesión por la transmisión del poder en el México de la segunda mitad del siglo XX. A partir del acceso que sólo él podía tener elaboró perfiles de cinco mandatarios, de Adolfo López Mateos (1958-1964) hasta Miguel de la Madrid (1982-1988). Amplió esta memoria del poder con los libros Estos Años y Salinas y su imperio, sobre el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994). Su conclusión es que la silla presidencial tiene un misterioso veneno que trastorna a quienes la ocupan.
En 2010, Ismael Zambada, el poderoso líder del cartel de Sinaloa que ha vivido a salto de mata escapando del Gobierno por más de 30 años, hizo una invitación a Scherer. Ambos tuvieron un encuentro en una zona serrana desconocida. El reportero perpetuo, a sus 83 años, le pidió una entrevista. El capo se negó. Solo quería conocer en persona al gran decano del periodismo mexicano.


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El miércoles quiebra semana...



Años atrás, cuando todavía le quedaba carga a la pila, yo solía trabajar mucho. Eran los tiempos en que la Evelyn era compañera de trabajo, y como buena descendiente de Rocky Point, cada miércoles llegaba la citada a la oficina con una cara de "Yo no fui" y una sonrisa de pichel.
Les juro que a todos nos desconcertaba esa sonrisa ladeada y socarrona, como de tiburona con sed, y ella nomás respondía: “Hoy es miércoles y quiebra semana, morritos”, y después se ponía a hacer guegueritos en la maquintoch.
Lo mismo decía Jorge Enrique Montaño, en los viejos tiempo del CAECH, del CIANO, en la Costa de Hermosillo.
Cada miércoles, el Jorgenrique llegaba vestido de una amarillo rabioso que hasta parecía palúdico metido de lleno en una obra de Warhol.
Quienes lo veíamos nos quedábamos pensando en qué le pasaría a este muchacho cada miércoles, a quién nomás le faltaba bailar la canción Happy, del Pharrell Williams ese, sombrero incluido.
“Los miércoles son como briznas que dios nos va dejando para ser felices”, decía el Jorge antes de perderse en las cantinas del centro de Hermosillo en busca de lo que el miércoles le tenía deparado.
Como sea, hoy es miércoles y, como cada miércoles, hoy quiebra semana. Cada quién sabrá para qué le sirve esa fractura semanal. Por lo pronto, yo los dejo con la canción Wednesday Morning (Mañana de miércoles) del inolvidable grupo America.

Carpe diem, morritos…


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martes, 6 de enero de 2015

El 6 de enero y los Reyes Magos...




Será que vivimos tan al norte de México que los Reyes Magos no llegan hasta acá, o quién sabe, pero el asunto es que Santaclós (o San Nicolás) tiene monopolizado el terreno regalístico, el espiritual no sé, y en el religioso no hay nada qué ver, pues Santaclós no guarda una relación cierta con la cristiandad, como los magos que, de acuerdo al evangelio de San Mateo, aparecen en la Biblia, quienes vinieron de Oriente buscando al nuevo rey que habría de nacer.
En las Escrituras no se abunda mucho sobre su origen, su personalidad, sus rasgos… vamos, ni siquiera sobre sus nombres, pero se asume que eran sabios o astrónomos, que no es lo mismo pero es igual, llamados magos en aquella época porque venían siguiendo una estrella que presagiaba la llegada del nuevo rey.
Como venían con regalos para el rey que habría de nacer, la tradición los describe como seres bondadosos con presentes para todos, asignándole un nombre y rasgos específicos a cada uno. Veamos:
Melchor es un anciano blanco con barbas plateadas. Su regalo para Jesús es oro, representando su naturaleza real.
Gaspar es un joven moreno. Su regalo es el incienso, que representa la naturaleza divina de Jesús.
Baltasar es de raza negra. Su regalo a Jesús es mirra, que representa su sufrimiento y muerte futura.
Lo anterior lo encontré en el consultorio del Dr. Google, pero digamos que bien a bien no me sé la historia. Sólo sé que por estas tierras de la baja pimería los Reyes Magos no suelen venir.
Recuerdo que algunos años del pasado, cuando Arely y Alí eran pequeños, colgaban medias en el árbol de Navidad o ponían zapatos en la ventana por si acaso andaba por ahí algún rey mago (o al menos uno vago) que les dejara algo en las prendas. Y sí, algo les dejaban. Pero cuando llegaron los años, los magos se fueron, como parece que sucede con casi todo en la vida: los años espantan los momentos felices.
Hoy es 6 de enero. La tradición en esta casa es partir una rosca y tomar chocolate o café, y esperar a que no te salga el monito, porque entonces uno está obligado a patrocinar los tamales el 2 de febrero, día de la Candelaria y de los albañiles.
También es un día para pedir deseos. Buenos deseos, sobre todo, que lo malo llega solo, y lo peor no necesita invitación.
Hoy mis buenos deseos están dedicados para las A de mi vida, esas que habitan en mi corazón desde toda la vida. Y espero que esos buenos deseos los acompañen todo el año.
Son deseos que, como los reyes en Galilea, siguen la estrella de un pastor…


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lunes, 5 de enero de 2015

El CI de un holgazán...



El otro día, nomás de holgazán me puse a resolver una prueba de esas que aparecen en internet y que miden el Coeficiente Intelectual (CI).
¿Cuál fue mi resultado?: 73 puntotes, uno detrás de otro.
Yo andaba encantado (ebrio de felicidad, diría el poeta Rubén Darío), hasta que me topé con la medición de resultados, pues según la prueba de Wechsler (que ni me pregunten ahorita quién es, si quieren mañana les digo, porque yo, como dijera Renato Leduc: “soy un genio de un día para otro, pero el mismo día soy muy pendejo”), los resultados se miden así:
Menos de 70 puntos es retraso.
De 71 a 89 la persona está en un limbo medio peligroso.
De 90 a 110 es la puntuación promedio.
De 111 a 134 la persona está en un limbo menos preocupante.
De 135 hasta 164 puntos se considera una persona dotada (no es albur, eh).
De 165 para arriba (hacia el infinito y más allá) es considerado un genio.
Así que después de ver esta tabla, sentí así como que algo se me quebró por dentro porque yo siempre he creído que no ando volando tan bajo en esto del CI, aunque tampoco tan alto. Digamos que soy un respetable representante del promedio intelectual.
No obstante, el internet suele tener ambas caras de la moneda, y así como te pone un test de CI para que te estrelles, también te tira un salvavidas para que no te quieras arrojar al vació desde el primer puente que se cruce en tu camino.
Y ahí nomás navegando (ya ven que soy un holgazán), me encontré con esta maravilla, que dice lo siguiente:
1. Los test de CI son relevantes para las ciencias y las matemáticas. Que una persona tenga el CI alto no significa que posea amplios conocimientos en otras áreas importantes, como la historia o las letras en general. El portal Ojo curioso pone como ejemplo al genio Einstein, que, a pesar de tener un CI alto, no pudo ingresar en una prestigiosa escuela porque obtuvo notas excelentes en las pruebas de matemáticas y ciencias pero falló en otras materias de igual importancia.
2. El CI no tiene en cuenta la creatividad. La creatividad tiene la misma importancia que las habilidades matemáticas o las capacidades para memorizar datos, opina el portal. No obstante, las pruebas de CI no pueden medir el nivel de creatividad de una persona. Muchos famosos artistas no podían presumir de ser buenos matemáticos, lo que no impidió que dejaran una profunda huella en la historia de la humanidad con sus obras.
3. Las personas con CI alto pueden terminar aislados y arrogantes. A los individuos que logran obtener buenos resultados en las pruebas de CI se les abren las puertas de los exclusivos clubes para personas ‘intelectualmente superiores’. Se rodean de personas con el mismo nivel de CI pero a menudo, en lugar de aprovecharlo como un estímulo, solo comparan sus conocimientos para determinar quién es más inteligente.
4. Subjetividad de las preguntas. Un mal resultado en un test de CI no refleja el nivel real de la inteligencia de una persona, ya que muchas preguntas son subjetivas. Por ejemplo, determinar el color de una manzana no tiene una respuesta correcta. Además, es posible entrenarse para responder las preguntas de manera que, cuantas más veces se pasa el test, mejor resultado se obtiene.
5. Antes servían para medir la edad mental de los niños. Los test verbales de CI fueron ideados para diagnosticar los posibles retrasos mentales en los niños. Los resultados se comparaban con su edad biológica. Así, si un niño de 10 años obtenía 50 puntos en la prueba de CI se concluía que sus capacidades intelectuales eran equivalentes a las de un niño de 5 años.
Sin embargo, a los 15 años en la mayoría de las personas la edad mental y la biológica se equilibran, con lo que las pruebas de CI dejan de tener relevancia.

Como sea, siguiendo la lógica de Renato Leduc, mañana volveré a hacer la misma prueba, a ver si es cierto que, como el afamado escritor, resulto ser un genio de un día para otro. Mientras, seguiré siendo un holgazán.
Y hablando de holgazanes, esto me recuerda la canción “La quiero a morir” ("Je l'aime à mourir", en su versión original en francés), que se le atribuye a Francis Cabrel, quien convirtió esta obra en un éxito en 1979.
Aquí, por supuesto, les comparto la canción, con todo y letra (en español).


Y yo que hasta ayer
sólo fui un holgazán,
y hoy soy el guardián
de sus sueños de amor.
La quiero a morir.

Podéis destrozar
todo aquello que veis,
porque ella de un soplo
lo vuelve a crear,
como si nada,
como si nada.
La quiero a morir.

Ella borra las horas
de cada reloj
y me enseña a pintar
transparente el dolor,
con su sonrisa.

Y levanta una torre
desde el cielo hasta aquí.
Y me cose unas alas
y me ayuda a subir,
a toda prisa,
a toda prisa.
La quiero a morir.

Conoce bien cada guerra,
cada herida, cada ser.
Conoce bien cada guerra
de la vida y del amor también.

Me dibuja un paisaje
y me lo hace vivir
en un bosque de lápiz
se apodera de mí.
La quiero a morir.

Y me atrapa en un lazo
que no aprieta jamás,
como un hilo de seda
que no puedo soltar,
no quiero soltar,
no quiero soltar.
La quiero a morir.

Cuando trepo a sus ojos
me enfrento al mar,
dos espejos de agua,
encerrada en cristal.
La quiero a morir.

Sólo puedo sentarme,
sólo puedo charlar,
sólo puedo enredarme,
sólo puedo aceptar
ser sólo suyo,
ser sólo suyo.
La quiero a morir.

Conoce bien cada guerra,
cada herida, cada ser.
Conoce bien cada guerra
de la vida y del amor también.

Y yo que hasta ayer
sólo fui un holgazán,
y hoy soy el guardián
de sus sueños de amor.
La quiero a morir.

Podéis destrozar
todo aquello que veis,
porque ella de un soplo
lo vuelve a crear,
como si nada,
como si nada.
La quiero a morir.

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domingo, 4 de enero de 2015

Entre Raúl y Salvador...




Cuando doña Olga (mi madre, bohemios) nos enviaba a mis hermanos y a mí a misa (a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, en Navojoa) en aquella hora terrorífica de mis domingos infantiles, no sé cómo hacía mi espíritu para separarse de las miserias que conformaban mi cuerpo (lento y miserable animal que soy, que he sido, paráfrasis a Jaime Sabines, lo siento) y se iba de parranda a no sé dónde, mientras que lo que quedaba de mi tristeza hecha carne se instalaba estratégicamente entre Salvador y Raúl (mis hermanos, ciertamente: los pilares de mis recuerdos infantiles) y se dormía plácidamente antes de que el cura en turno pidiera que nos declaráramos culpables de un crimen que no habíamos cometido, como en la serie “El fugitivo”, con David Janssen.
Debo decir que yo me negaba a golpear mi pecho durante el Confiteor porque no tenía nada de qué sentirme culpable, a no ser el innoble y oculto deseo de saber qué había más allá de los confines del universo: como veis, mi curiosidad de niño no tenía límites. (Ahora ya no me interesa tanto ese asunto porque, según he leído, el universo no tiene confines, de acuerdo a los trabajos del astrónomo norteamericano Vesto M. Slipher, a quien no tengo el gusto de conocer, quien descubrió en 1912 que el universo se está expandiendo. Qué miedo, ¿no?).
No recuerdo mucho de mis domingos de esa parte de mi infancia, cuando mis hermanos y yo podíamos navegar a solas tres cuadras para llegar a la iglesia, escuchar misa y regresar a casa a recibir los cariños de doña Olga, que nos esperaba como supongo que una leona satisfecha espera a sus cachorros cuando se van de cacería.
Tengo la sensación de que esos domingos de mi infancia, cuando mi madre nos mandaba a la guerra religiosa como si hubiésemos sido caballeros templarios (de los de a deveras) en una de las múltiples y fallidas cruzadas, se me fueron borrando de la memoria poco a poco, hasta quedar un hueco pastoso en el pasado donde perfectamente podría acomodar algunos rencores y miles de pedacitos dominicales, como si alguna gigantesca picadora de papel hubiera triturado aquellos días y los hubiese acumulado debajo de la alfombra de aquellos días, como basura del tiempo.
Hoy, a cierta hora de los domingos, esos días como hoy, que a veces tienen un sabor como de bilis mezclada con desesperanza, me llega el recuerdo de aquellos jirones de misa que no alcancé a escuchar nunca porque, entre Raúl y Salvador, me quedaba dormido como esperando que pasara el tiempo, ese tiempo que no pueden calcular los relojes, sino los deseos de meter ese tiempo en una botella…
Sí, como Jim Croce...


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sábado, 3 de enero de 2015

El día más frío del año...


Foto meramente ilustrativa: ni soy yo ni nieva en Hermosillo.

Según la prensa local, ayer fue el día más frío de todo lo que va del año aquí en Sonora.
No soy nadie para desmentir el dicho, sobre todo si consideramos que apenas van dos días del 2015, y de verdad que ayer hizo mucho frío.
El viento soplaba y traía esas como navajas heladas que cortan la respiración y hacen que duela el cuerpo. La parte diabólica de mi ser diría que era una sensación hermosa, pero por respeto a quienes detestan la gelidez ambiental, diré solamente que hacía mucho frío.
Conozco gente que no le gusta el frío, a mí me encanta.
Será tal vez que, como soy un profesional de la nostalgia, el frío me lleva de nuevo a los viejos días de la infancia, cuando el invierno era un aliento de hielo venido de todas partes y el corazón temblaba de emoción y de frío, mientras los dedos de las manos se iban engarrotando alrededor de un tiempo que los relojes del mundo se encargaron de hacer polvo y ceniza de un deshielo acelerado que ha puesto en jaque a los ambientalistas, mientras los desventurados como yo que no saben qué responderse cuando llega el invierno y en las calles todo parece verano.
Sí: hemos perdido el rumbo como humanidad, y la señal más simple de ello es que simplemente el frío es nada más que el acento de esa i perdida en la palabra melancolía.
Ayer hizo frío.
Se cumplió el pronóstico de que sería el día más helado del año en este jirón del planeta que nos permite habitarlo con humildad, y mi infancia vino de nuevo a sentarse a mi lado para contarme que al árbol de yoyomos se le han caído las hojas, que el árbol algodón parece un pino nevado de tantas florecillas blancas que le han brotado y que las piedras por donde cruzábamos descalzos hacia la otra orilla del Río Mayo están tan heladas que es mejor ponerse los zapatos para no enfermarse.
Y es que cuando aprieta el frío se despierta el niño que fui y sale corriendo a sentirse vivo de nuevo, entre el aire helado del pasado con un extraño sabor a felicidad infantil.
Nada qué ver con la canción de Joaquín Sabina, quien extraña a una mujer que conoció en la glorieta de Atocha, en Madrid…
Va la canción, claro, y la letra para entender el drama de cuando aprieta el frío… como ayer, aquí, en esta sucursal del infierno.


Viajero que regresas a esa ciudad del norte
donde una dulce nieve empapa la razón,
donde llegan los barcos cargados de preguntas
a muelles laboriosos como mi corazón.

Háblale de mi vida, las autopistas negras
que atraviesan volando mi terca soledad,
esa gente que pasa por la calle, llevando
mi pensamiento al otro lado de la ciudad.

Cuando de ella y de mí queden sólo estos versos,
los hoteles que un día quisimos compartir,
los coches aparcados sobre nuestro recuerdo,
la Glorieta de Atocha donde la conocí,

dile que estoy parado al final de mí mismo
igual que un aduanero sin nadie a quien multar,
como un autoestopista debajo de la lluvia,
como la menopausia de una mujer fatal.

Y dile que la echo de menos,
cuando aprieta el frío,
cuando nada es mío,
cuando el mundo es sórdido y ajeno,
que no se te olvide,
es de esas que da
siempre un poco más
que todo... y nada piden.

Cuéntale que la extraño y que me siento seco
igual que un presidente dentro del autobús,
como una Kawasaki en un cuadro de El Greco,
igual que un perro a cuadros, igual que un gato azul.

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viernes, 2 de enero de 2015

Mi papá y el 2 de enero...




Hoy es 2 de enero, y en esta fecha siempre recuerdo de mi papá. Ya les diré por qué.
De acuerdo al santoral es día de San Macario. Al respecto, leo en el Almanaque Popular 2015 lo siguiente:
“Muchas son las leyendas que se atribuyen a la vida de San Macario, pero tal vez la más cercana a los relatos tradicionales sea la que narra cómo, queriendo atravesar un lugar muy intrincado, fue dejando unas cañas clavadas en el suelo para reconocer el camino de salida. A punto de terminar su trabajo, ya muy cansado, se echó a dormir, y cuando despertó vio que el demonio, para burlarse de él, había ido recogiendo todas las cañas y las había amontonado a su lado.
“Otras leyendas, recogidas por Santiago de Vorágine, cuentan que, arrepentido Macario por haber matado a un tábano de un manotazo, se desnudó y se expuso a la picadura de todos los insectos que se posasen sobre su cuerpo, quedando absolutamente lacerado. Del mismo modo, y para vencer las tentaciones, se expuso a la picadura de un enjambre de avispas que se ensañó con él hasta dejarle tan desfigurado que sólo se le reconocía por la voz.
“La etimología atribuye muchos significados a su nombre, siendo los más cercanos a su leyenda los de ingenioso, esforzado y feliz”.

El 2 de enero me recuerda aquellos viajes que hacía mi padre de regreso a su trabajo (casi siempre trabajó fuera), y este día íbamos a dejarlo, después de pasar las fiestas navideñas en casa, a la Central Camionera a que tomara un autobús hacia mil destinos, y allá iba el hombre, con una cruda espantosa y un semblante borroso, curtido en alcohol, como chile jalapeño, y arrastrando una precaria maletita, a rencontrarse con la soledad, con los días de trabajo y con un lento cuestarriba que lo fueron desgranando poco a poco hasta dejarlo casi ciego.
Aunque mi papá y yo no coincidíamos en muchas cosas cotidianas, aunque casi no cruzábamos palabras, aunque nuestra visión del mundo eran polos opuestos, cada vez que íbamos dejarlo a la Central algo se me iba muriendo por dentro porque sabía que no volvería a verlo en muchos meses. Y al regresar a la casa, yo ya no le encontraba mucho sentido al año nuevo, pues, pese a esa enorme distancia que nos unía a mi papá y a mí, la ausencia de mi papá era como un agujero negro que iba absorbiendo todos los momentos de alegría y me dejaba a cambio una gran nostalgia por aquel hombre que a fin de cuentas abordó un Tres Estrellas de Oro (su línea favorita) y se fue de la vida una tarde calurosa de marzo de hace dos años.
Mi padre no se llamaba Macario, pero era un hombre ingenioso y esforzado. Y de seguro era feliz a su manera. Trabajó siempre duro y mucho hasta que el cuerpo ya no le dio más y se retiró. Sé, porque me lo contaron sus dos hermanas, mis tías, que  mi papá trabajó desde los 12 años, justo cuando quedaron huérfanos de padre y madre. Como él era el único varón de aquella escueta familia, tuvo que cargar sobre sus hombros infantiles el compromiso de sacar adelante a sus hermanas, fiel a esa ancestral tradición michoacana.


Hoy, 2 de enero, saco cuentas rápidas: mi papá fue un duro trabajador durante más de 55 años. Y nunca se quejó de su destino. Y me acuerdo a solas de mi padre, y lo recuerdo más en las letras de la canción "A mi padre”, de José Luis Perales, que comparto con añoranza con ustedes.
Y la letra también, claro:


Tiene el andar cansado, y a sus espaldas,
sesenta y tantos años de esperanza;
tiene una casa,
verdugo de sus manos y sus espaldas.

Cuando amanece el día camina y canta,
buscando de la tierra, en las entrañas,
el pan caliente:
milagro que realiza cada mañana.

Es aprendiz de todo, maestro en nada,
es poeta a su modo, le gusta el alba,
y entre sus manos (y entre sus manos)
florecen a escondidas algunas llagas.

Tiene cansado el cuerpo, cansada el alma;
tiene un interrogante sobre su cara,
tiene un camino (tiene un camino),
le gusta ser amigo de sus amigos.

Quiso cambiar su vida, dejar la aldea,
mas no pasó de ser una quimera,
una quimera
que se quedó dormida entre la tierra.

Tiene cansado el cuerpo, cansada el alma;
luce sobre su pecho camisa blanca,
con su mirada (con su mirada)
me dice que la vida no vale nada.

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