Trova y algo más...

domingo, 20 de diciembre de 2009

Un cadáver distinguido...

A los muertos se les cubre con sábanas. Si son héroes, con banderas que expresan su valor. Si son capos…
La foto del cadáver de Arturo Beltrán Leyva que recorrió el mundo en las agencias informativas parece inaugurar una mitología de la sucia muerte; la manera como fue mostrado, en un auténtico perfomance funerario, es todo un relato sobre la conducta sucia y sus consecuencias.
La foto impresiona. Si la capacidad de asombro nacional había disminuido ante la profusión de cadáveres ensangrentados, éste no permite pasar de largo. El cuerpo semidesnudo está tirado sobre una sábana: fue movido del lugar donde cayó. Tiene la mano torcida en ángulo recto, señal de que la orden no fue “colóquenlo”, sino “échenlo ahí”.
Alguien dedicó un buen rato a cubrir el cadáver. Asusta pensarlo. ¿Por qué tanto cuidado en preparar esta imagen? Quien lo haya hecho ignoró por completo la cabeza y los pies y se enfocó claramente alrededor de los genitales, desde las piernas hasta el pecho: que tenía muchos huevos, eso no se lo escatima. Alguna grandeza le reconoce.
Lo taparon con lo que traía consigo. Había símbolos religiosos, pero sobre todo quedó un elocuente tapiz de billetes clasificados con orden. Claro que ninguno de veinte ni de cincuenta.
En hilera desde las rodillas hasta el pecho se muestra una y otra vez al general Zaragoza, defensor de la integridad de la Nación: es la zona de los billetes de quinientos pesos, ensangrentados, pegados sin arrugas ni dobleces a la piel. El estómago muestra billetes de mil pesos y uno que otro perdido de cien dólares. Porque la zona de los dólares está a un lado, sobre la sábana y el brazo derecho del cuerpo. Ahí no hay duda: es el territorio de Franklin. En hileras bien formadas como highways aparecen los benjamines todos hacia arriba, también teñidos de rojo oscuro.
Dinero sucio, cuerpo ensangrentado y muerte se exhiben juntos para humillar, para convertir esta muerte en un castigo ejemplar. Como una cabeza que apareciera colgada, es una imagen que habla de lo que se va ganando y lo que otros van a perder. No es raro que los cárteles hagan uso de este tipo de presentaciones amenazantes, pero esta vez no fue ninguno de ellos. Son las fuerzas del Estado que adoptaron el lenguaje primario del narco. Da lo mismo quién lo haya preparado, el hecho es que fue permitido. A los capos se les cubre con su dinero sucio. “Ahí tienes tus billetes”, parece decir la foto. Es el lenguaje de la guerra.
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Luis Petersen Farah, Milenio.com
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martes, 8 de diciembre de 2009

La noche de los bombazos...

No. No eran aquellos famosos chicles bomba de la niñez los que tronaron anoche: fueron granadas de fragmentación que hicieron estragos en ls inmuebles, pero sobre todo en la tranquilidad del electorado en reposo, que somos todos.
Anoche, hasta donde se sabe o hasta donde nos han dicho, tronaron como siete granadas en el estado de Sonora —Navojoa, Hermosillo y Cananea— en un movimiento concertado: casi todas tronaron a la misma hora, más la que no tronó porque traía hora de California, supongo.

Yo creo que, de acuerdo al imbécil comercial de televisión que propone escoger un día para dedicarlo a algo que nos guste, como el "pénalti del elevador" o chatear con los amigos, al crimen organizado se le ocurrió dedicar un día a hacer explotar granadas en Sonora, y así lo hicieron.
¿Qué significa eso? ¿a dónde se dirige tanta violencia?
No hay que ser un genio para adivinar las respuestas posibles: desestabilización, desestabilización y desestabilización.
Pero ¿qué pueden desestabilizar los capos de la sangre en un país donde la desestabilización social es el literal pan nuestro de cada día? ¿un país en el que las mismas autoridades federales han demostrado no sólo su incapacidad para gobernar lo que medianamente deberían gobernar, sino también proponer soluciones a los problemas que cada día crecen más y más, y que ciertamente no se pueden achacar al actual mandatario —mediocre, sí ; charlatán, sí; mentiroso, sí... pero mandatario al fin—, ni siquiera al anterior, sino a la suma de dos más otro montón que estuvieron y deshicieron a gusto y placer las estructuras sociales de un país rico pero empobrecido por la corrupción y la impunidad.
Los bombazos de anoche —y ahora sabemos que al filo del mediodía de hoy siguió la fiesta en Cananea— son una mediana muestra de pulsar fuerzas entre quienes quieren mandar y quienes quieren gobernar, que no es lo mismo, pero es igual.
Por desgracia para nosotros, al día de hoy en todo México van ganando los que quieren mandar, porque los que quieren gobernar están muy ocupados peleándose contra los partidos políticos de oposición en lugar de hacer un frente común.
De hecho, ni siquiera en el interior de los mismos partidos políticos se ponen de acuerdo en cómo van a colaborar con el gobierno en turno porque se están metiendo zancadillas entre ellos, pues todos quieren seguir trepados en la dirigencia o tener agarrado el sartén por el mango, como si la ciudad, el estado y/o el país fuera un utensilio de cocina...
Ni más ni menos...
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jueves, 26 de noviembre de 2009

uno de hoy

domingo, 22 de noviembre de 2009

Filariasis en el Congreso...

No, no crean que los chicos de la foto son de alguna fracción parlamentaria del Congreso —de aquí, de allá, de más allá... yo qué sé...—, aunque algo nos dice que bien pudieran serlo...
Lo que pasa con ellos es que ellos, varones de la tribu africana de los Bubal, que habita en la frontera entre Kenia y Somalia, exhiben unos testículos anormalmente grandes —si, ya sé, como muchos legisladores, ciertamente— porque tienen por costumbre chupar la vagina de las vacas, pues creen que eso les aporta coraje y valentía.
Además, a los niños Bubal se les da de comer, entre otras cosas, el flujo menstrual de estos animales, lo cual no dejan de hacer hasta que se casan.
Debido a ello, se libran de padecer anemia: este liquido menstrual es rico en vitaminas B6, B12, E y D.
Pero la ingestión de hormonas les lleva a, pasada la adolescencia, sufrir un aumento en el tamaño de sus testículos, que llegan a alcanzar diámetros de hasta 80 centímetros… poco menos que algunos diputados plurinominales, según dicen.
Como sea, yo creo que el motivo del desarrollo anormal se debe realmente a la Filariasis Linfática, que afecta a 120 millones de personas en todo el mundo y está reconocida como la segunda principal causa de discapacidad permanente.
La Filariasis Linfática se transmite por mosquitos, normalmente en zonas rurales remotas o en zonas urbanas y periféricas desfavorecidas, por lo que primariamente es una enfermedad de la pobreza cuya incidencia se ha incrementado en los últimos años en los barrios pobres de África y la India.
Está causada por un parásito, el gusano de la filaria, que vive casi exclusivamente en los seres humanos.
Dicho parásito se aloja en el sistema linfático, en la red de nudos y vasos que mantienen el balance de flujo entre los tejidos y la sangre.
¿Sus síntomas? Sí, cómo no: La que también se conoce como elefantiasis está reconocida como segunda principal causa de discapacidad permanente y de larga duración.
Puede deformar y mutilar los miembros y genitales, por lo que aparte de la incapacidad física, también supone un grave problema psico-social.
Los expertos resaltan que la lucha contra la Filariasis, es también una lucha contra la pobreza y la discriminación social a la que va ligada.
Y en el caso de los diputados y senadores… pues ahí sí, no hay nada qué hacer: ya vienen con ese mal, que desarrollan hasta que se mueren, porque siempre existe la posibilidad de cambiar de partido y seguir incrementando el tamaño de sus testículos… con lo que de viles huevones se convierte en colosalmente huevones
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sábado, 21 de noviembre de 2009

El abuso y el envejecimiento...

El abuso físico o emocional durante la infancia podría acelerar el proceso de envejecimiento, según los resultados de una investigación realizada en Estados Unidos.

El estudio sugiere que las personas que sufrieron un trauma psicológico, ven un cambio en la estructura celular que las hace más vulnerables a enfermedades relacionadas con el envejecimiento.

Los médicos saben desde hace mucho tiempo que los niños abusados pueden sufrir daños emocionales graves, pero esta nueva investigación indica algo más sorprendente: que el abuso puede causar que las células de los jóvenes envejezcan más rápidamente.

Todas las implicaciones de la investigación, divulgada en la publicación Biological Psychiatry, aún no se conocen. Y algunos biólogos celulares ya han advertido que el tamaño de la muestra era demasiado pequeña para ser definitivo por lo que debería hacerse a mayor escala.

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Los telómeros y el envejecimiento

Los investigadores de la Universidad de Brown se centraron en moléculas de ADN llamadas telómeros humanos, que son secciones que se hallan en los extremos de los cromosomas.

A los telómeros se les compara con las terminaciones de los cordones de los zapatos que impiden que las cintas se deshilachen: a medida que envejecemos, los telómeros se acortan y la célula se vuelve más susceptible a la muerte.

Investigaciones previas han demostrado que este proceso de envejecimiento se acelera, por ejemplo, tras la exposición al humo del cigarrillo o la radiación.

Pero este nuevo estudio encontró que el trauma psicológico a una altura temprana en la vida tiene el mismo efecto. Y que los telómeros de adultos que sufrieron abusos cuando eran niños se acortaron más rápidamente que los de aquellos que tuvieron una infancia feliz.

El estudio proporciona un signo preocupante de que los niños abusados sufren de más formas de lo pensado inicialmente.

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Los telómeros se encuentran en los extremos de los cromosomas.

El estudio da un indicio de que las experiencias tempranas del desarrollo pueden tener profundos efectos en la biología que pueden influir en los mecanismos celulares a un nivel muy básico.

Para esta indagación se tomó en cuenta a personas (22 mujeres y nueve hombres) que habían sufrido abuso físico, emocional o sexual en su infancia, pero que eran saludables y no tenían signos de un desorden psiquiátrico en estos momentos ni en el pasado.

También fueron analizados individuos que habían tenido una infancia feliz.

Telómeros más cortos están relacionados con el envejecimiento y algunas enfermedades, por lo que es posible que este sea un mecanismo de riesgo para enfermedades tras el abuso infantil.

Pero el papel exacto de los telómeros en este proceso aún debe ser determinado.

La menor longitud de los telómeros ha sido vinculada con una variedad de afecciones como enfermedades cardiovasculares y cáncer.

El estudio y la teoría resultante es plausible, pues los investigadores han encontrado anteriormente vínculos entre los telómeros y el estrés crónico.

Sin embargo, se sabe que diversos factores adversos reducen los telómeros, tales como el tabaquismo, la obesidad, la falta de ejercicio y la clase social, así como los genes.

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En alguien tiene que caber la prundencia...

Lo tomó del cuello, lo levantó en vilo y lo estrelló en el piso de cemento...
Si fuera lucha libre, con esta crónica el público enloquecería. Pero no: los hechos se suscitaron en una escuela de la Universidad, y los contendientes fueron un estudiante de Arquitectura de 20 años y un niño de ocho. No necesito decirles quién levanto a quién. Dicen los médicos que el estudiante universitario le provocó lesiones al niño que no ponen en riesgo su vida, y por eso mismo, después de ser detenido preventivamente, pagó la fianza con el poder de su firma y salió en libertad... Pues así será, pero lo que sí es incontrovertible es que esas lesiones ponen en riesgo su calidad de vida, porque como producto de ese acto violento, el pequeño resultó con fractura de cráneo, lesiones en el oído intermedio y golpes contusos en diferentes partes del cuerpo, particularmente en el cuello. Y ello, dijo el vocero médico, podría acarrearle secuelas toda la vida... Y todo por un gatito. ¿Cómo es posible que un tipo de 20 años, mayor de edad y con noviecita formal —y ya con verdolagas en el callejón, como dijera Carmen Salinas en aquella película de ficheras—, discuta con un niño de ocho por la posesión de un gato, monte en cólera y —ya convertido en un verdadero energúmeno— cometa ese acto de salvajismo que tiene postrado al menor en una cama de hospital? Y ¿cómo es posible que todavía algunos crean que eso fue un accidente?
Ramón de Campoamor decía que En este mundo traidor nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira.
O del billete, que también cabe la posibilidad.
O del tráfico de influencias gracias al linaje, estirpe, raza o pedigree, según sea el animal.
¿Cabe dar el beneficio de la duda a quien piense o diga que esto es un accidente, un beneficio fundado en la ignorancia de los hechos?
Yo creo que no, porque si se ignoran datos, lo preferible es no emitir opiniones y listo.
Con eso no se atenta contra el método científico ni contra la verdad. En fin...
Doña Olga —mi madre, bohemios— nos decía a toda la animalada zamoraguirresca de la infancia cuando nos agarrábamos de la greña —porque entonces sí había greña... y mucha—: No se pelién, men, no se pelién —creo que de ahí agarró el estribillo el grupo Molotov—: que en alguien tiene que caber la prudencia...
Y la prudencia, no sé si porque así está establecido en los códigos de honor no escritos o porque a fuer de regaños maternos las cosas se acomodaban así, siempre cabía en los mayores. Siempre.
Y ni modo de alegarle al ampayer vestido de mujer que era mi madre en aquellos años que nunca volverán.
Bueno, en casos como éstos —mejor dicho: sobre todo en casos como éstos—, en alguien tiene que caber la prudencia... y como en aquellos antiguos años de la infancia, es obligado que la prudencia quepa en los mayores, sobre todo si estamos hablando de un tipo de 20 años y un niño de ocho... haiga sido como haiga sido el asunto, ¿qué no?
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viernes, 20 de noviembre de 2009

Ese otro que soy yo...

Yo quise escribir esto algún día, pero me ganaron... ni modo...
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Reconozco que fui un estudiante mediano, un alborotador mediocre y un hombre lento para las mujeres.
Primero justifiqué mi timidez en la miopía, y después en los lentes.
No tuve novia ni en primaria ni en secundaria ni en prepa.
Lo mío-mío era andar solo por los llanos; buscar alacranes debajo de las piedras; sacar sapos y barro de las aguas hediondas.
Cuando veo a un perro cerrar los ojos y hacer hoyos en los jardines, imagino que así me veían mis hermanos.
Así fui. Distante del beis o del futbol, cercano de los terrenos baldíos.
Y luego entré a los periódicos y los volví, hasta la madurez, mi único amor.
Soy terriblemente malo para despedirme —y en esto ya no puedo culpar a la miopía—: si le digo adiós al cigarro me lo reclaman la soledad y la ansiedad, y engordo.
Cuando me salgo de Facebook se me ocurre la mejor frase para mi estado de ánimo.
Dejo a las chicas el día exacto en que florecen, y si pago la cuenta en El Centenario, y si me largo cargado de tequilas, ha de llegar alguien a quien no conozco pero a la que mi vida estaba esperando.
Si renuncio al mezcal, se vuelve el trago de moda.
Si me corto el cabello a rapa se adelanta el invierno.
Si apago la luz del buró, suena el celular.
Si me rindo, he vencido.
Si odio, me quieren.
Y así...
Me hice adulto con la sensación de que nunca estuve a tiempo en donde debía. Nunca.
La noche en que mis amigos tuvieron su primer encuentro amoroso yo me quedé en casa.
El día en que mi padre se fue, ni siquiera pude verlo cargar las maletas.
Escogí a las mujeres que tenían compromisos.
Abandoné a la que me amaba para arrastrarme por el suelo, apenado.
Compro —estoy seguro— los boletos de lotería que ya jugaron, porque no gano ni reintegros.
Si alguien revisa mi iPod se dará cuenta de que escucho sólo de 10 a 15 autores o bandas que no son de esta época, que ya no están o que saben a viejo, a saber: Joy Division, Bach, Depeche Mode, Jean Baptiste Lully, Pet Shop Boys, Radiohead, los Ramones, Mozart, Eliott Smith, The Clash, Pink Floyd, Lennon o Jim Croce.
Si fuera repartidor de pizzas, las entregaría crudas o gratis.
Cada vez que me quiero morir me acuerdo que no puedo.
Por un lado, no quisiera causar días amargos a mis viejos padres (y por eso esperaré a que mueran, pero, ¿para qué morirme cuando ya no estén? ¿Quién, aparte de ellos, querrá llorarme y, jalándose los cabellos, gritará: “¡No lo comprendieron y tuvo que suicidarse! ¡Por qué!”?).
Por otro lado está la cobardía, que a veces disfrazamos.
Todos hemos querido suicidarnos, preferentemente por amor.
Pero fallamos por cobardes.
O porque “se nos olvida”.
El dolor, ay, sí, es mucho… hasta que algo se interpone.
Recuerdo a un amigo que se tiró al río Bravo en invierno para matarse, y la chamarra de pluma de ganso (azul: yo se la regalé) lo puso a flotar.
Otro se acabó el gas preparándole una pata de cócono —de guajolote— a una novia por la que esa misma noche de gala quiso matarse.
Un amigo y yo nos emborrachamos de chamaquillos y el cochino vómito no nos dejó acordarnos que lo que buscábamos era valor para quitarnos la vida.
Por eso ahora, cuando me quiero morir, recuerdo que no puedo.
Me sirve de consuelo.
Me evita la vergüenza.
De todo lo anterior no me quejo.
Al final no estoy tan solo: en el otro veo retratado mucho de mí.
El otro está en mí, también.
Me resigna saber que los que parecen más comunes son, en realidad, los menos.
Este mundo no es como se ve por televisión.
Es más tímido, bobo, lento y feo.
Es como yo.
O eso creo.
O eso me ofrece consuelo...
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Alejandro Páez Varela.
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