Trova y algo más...

miércoles, 24 de febrero de 2010

Los extraños vericuetos del amor…

Ayer les platicaba una de las muchas aventuras etílicas de mi primo el Chato Peralta, un espécimen raro de los que en el mundo hay. Pese a todo, a su albañil locura y a su dejadez, hay momentos que no tienen precio, y justamente es cuando me gusta ir a su casa nomás para pasarla bien y salir de ese zoquetal melancólico que me hunde cual arenas movedizas cuando hay luna llena o cuando me muerdo la lengua, que no es cosa extraña en el lento animal que soy, que siempre he sido. Aunque me da un poquito de pena ir a su hogar, pues su familia putativa —que es un matrimonio amigo de allá de San Felipe de Jesús— de rata no lo baja. De rata de biblioteca, se entiende.

Y es que mi primo dice que cuando no se encuentra en un estado verdaderamente zoológico, los fines de semana se la pasa leyendo locuras mil. El ocio productivo, le dicen. Aunque a ese ocio el Chato le dice de otra manera que no pondré aquí, en franca oposición a Manuel Espino Barrientos, para quien un madrazo no le hacía daño a nadie (más que al país), mucho menos a quien en verdad se lo merezca; es decir, en cálculos conservadores, el 50% más uno de la población.

Dice mi primo que aunque, en serio, en la casa que generosamente le permite habitarla no llega a tanto el asunto ese del ocio productivo del que les hablaba. Es más, tan no hay fijón en el asunto que ya hasta puro queso le dan de comer, quien sabe por qué. Y puro queso menonita. Además, no dejan que se meta la Jolette a su cuarto. (La Jolette es la gata de su casa, que por cierto es muchísimo más ociosa que mi compadre, aunque el peludo animal no tiene el hábito de la lectura. La juventud, ya saben, y sus perversos gustos por la cibernética y la web@).

Y encima, en el centro de la habitación del Chato le han puesto una rueda enorme de esa que usan los cirqueros para realizar complicados movimientos acrobáticos para ganarse el sustento, pero que en versión pequeña la utilizan las ratas para ejercitar su miserable cotidianidad. Algún mensaje subliminal habrá en ello. Pero qué sabe mi primo de subliminidades, si ni siquiera le entiende a los chistes del Hilario. “Porque dice chistes, ¿verdad?”, cuestiona mi primo con esa sonrisa angelical de quienes van por la vida con casi cuarenta kilos de sobrepeso.

El caso es que a mí me gusta ir a la casa del Chato a escucharlo hablar de sus amores y desamores, que en parte alivian los míos, que son más platónicos que la dieta del repollo. Y ahí me tienen, cuando hay luna llena, encaminándome a la casa de mi primo a alcoholizar mi depre, porque la luna y la depre son como hermanas siamesas, pegadas desde el abdomen hasta el infinito y más allá, y además ese influjo nos afecta a todos, no sólo a los enamorados del amor: a los que quienes vienen pita, pita y caminando desde un rincón luminoso de los quince, y a los que vagan con su alma a cuestas como flautista de Hamelin, tratando de apantallar a cuanto ratoncito tierno se encuentre a su paso. Y ni qué decir de aquellos que están con un pie pisándole los zapatos a San Pedro: la depresión es casi una experiencia religiosa.

En su más reciente obra, “Los motivos de la nostalgia. Estudio de la quimera y la depresión: el caso del Polacas”, el sociólogo Ariel E. Silva-Encinas menciona que existen fuentes disímbolas que provocan la depresión: desde perder el empleo hasta subir de peso, desde perder el cabello hasta cumplir 40 años, desde vivir en soledad hasta mal alimentarse. “Pero quizá —menciona el autor— las causas más significativas son aquellas que nada tienen que ver con aspectos físicos sino sicológicos, ciertos procesos mentales que ejercen una enorme presión al individuo al grado tal que éste se enconcha en un mundo de soledades manuales, y esas causas son difíciles de determinar y, sobre todo, de atacar en el corto y mediano plazo… Y del amor mejor ni hablamos”, dice el autor en la página 273 del libro.

Y es que el amor es algo que trastorna hasta al más pintado para guerra. Yo, por ejemplo, recuerdo ahora mismo la historia de un amigo a quien el amor le secó el hemisferio izquierdo del cerebro y le infartó la parte de abajo del corazón. Ya sé que no me van a creer, pero se los juro por ésta (dedos en cruz, no lo que usted imagina, cochinón lector, eh) que lo que les digo es la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad. Y es tan actual, que no hace mucho sucedió... digamos que un año y medio.

Le pasó a un vecino del barrio. En Santa Fe. Aunque ya no vive por ahí. Ahora radica un poquito más al poniente, en un lugar ubicado sobre el bulevar El Llano, más allá de Los Lagos. Y ¿saben por qué? Simplemente porque se enamoró. En serio. Se enamoró como adolescente. Con un amor plomeramente silvestre, como debe ser el amor más puro… me imagino. Y es que el amor es una cosa esplendorosa. Nos levanta por encima de donde nos encontramos. Lo único que necesitamos es amor. Dios es amor, y Rigo no se queda atrás. Que frases tan lindas, y tan ciertas. “¡Es tan hermoso estar enamorado!”, dicen los personajes más cursis de las telenovelas mexicanas. Y también las canciones de Juan Gabriel, en ese lenguaje cifrado que manejan los artistas. Hasta Lazcano Malo dice de manera directa: “…que el diablo me lo perdone, pero es que tus calzones se han convertido en mi religión porque eres la mujer con la que siempre soñé…”

Alguna vez en nuestra existencia hemos llevado a flor de piel este sentimiento. Algunos a distintos niveles que otros, pero todos hemos amado. Hemos amado a nuestros padres, a nuestros hermanos, nuestros abuelos, parientes; incluso a nuestros maestros, porque dicen los sicólogos que de verdad saben del asunto que todas aquellas personas que se encargan de satisfacer nuestras necesidades primarias despiertan un fuerte sentimiento de aprecio en nosotros. Así que no es raro que uno se enamore hasta de su abuelita.

Aquella famosa frase popular que reza “El amor es ciego” es muy cierta. Puesto que al enamorarnos, muchas veces dejamos de apreciar acciones y actitudes en el ser amado que normalmente serían muy notorias. O sea, ya no nos fijamos si el objeto de nuestras pasiones es malhumorado, egoísta o tiene cierta inclinación hacia la bebida que lo pone como bestia y termina bailando con uno mismo “La playa sola” de los Invasores de Nuevo León. ¡Qué sopor y qué bochorno!

Pero el amor, esa cosa esplendorosa, todo lo puede, dicen los enterados. Y es que cuando uno es herido por las saetas de cupido, no hay nada que valga más que lo que la otredad provoca en uno. “Es una sensación de plenitud que ni medio kilo de carne asada hace que uno sienta”, dijo el otro día el Chato, sirviéndose un taco. Acaso así sea el amor: un camino nebuloso que nos lleva a destinos que tal vez ni dios pensó. Y eso fue lo que le pasó a mi amigo de allá de Santa Fe.

En serio: no me lo van a creer, pero mi ex vecino se enamoró de un tinaco. En serio. Se enamoró como si fuera un rinoceronte de Sumatra. Y es que con los tandeos, el tinaco se ha vuelto un artículo de primera necesidad. Casi casi una obligación que pinta rayas sociales y que separa a los hombres de los niños, para decirlo de un jalón.

Así que cuando su mujer le ordenó a mi amigo que buscara un tinaco en los catálogos de oferta de una reconocida tienda departamental, al ver el marcado con el número 595784 perdió la razón, al grado tal que aquella obsesión le infundió la serenidad esponjosa de la inapetencia sexual por su esposa, a quien dejó en tal grado de abandono que ella tuvo que buscar consuelo en los brazos del repartidor de Aqua Pura, al que le toca entregar lunes, miércoles y viernes la dotación correspondiente (con su repechadón gratuito, según dice la vecina de enfrente).

La última vez que fui a visitar a mi amigo a la Cruz del Norte, tenía en su celda la foto de un Tinaco Rotoplas. En un momento de angustia, me dijo a media voz: “¿Cómo no me iba a enamorar de un tinaco Rotoplas 1100, protegido con plásticos anti-bacterias en el interior, tapa con rosca para sellar 100% y evitar el paso del polvo, y además con los accesorios más finos, como un flotador del número 5, válvula de llenado de 19.05 milímetros, multiconector reforzado, válvula de esfera también de 19.05 milímetros, jarro de aire aprobado por la FDA gringa, plásticos anti-bacterias desarrollados para cuidar la salud de toda la familia, y encima de todo, una hermosa doble capa: la exterior negra impide el paso de la luz solar; la interior blanca facilita su limpieza?”, señaló en ese éxtasis que sólo el amor por un tinaco puede inspirar. Y todo gracias, como dijo mi amigo, al tandeo. ¿Quién iba a pensarlo, eh?

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martes, 23 de febrero de 2010

Gavilán que agarra y suelta no es gavilán...

Sabe si se acuerdan de mi primo el Chato Peralta, aquel a quien su mujer lo dejó tirado en el olvido por un repartidor de la Coca Cola, que a su vez fue abandonado por un repartidor de la Bimbo, y éste, tristemente tirado a lucas por un repartidor de las Sabritas. “Fijación que tenía la mujer por los carros con logos comerciales”, dijo una vez el Chato, completamente ahogado como zoquetera de trailer: hasta atrás y todo embarrado.

El caso es que mi primo, que últimamente se dedica a la albañilería y que “es albañil las 24 horas del día”, la noche del viernes pasado, cuando venía a bordo de su bicicletón 28 en completo estado de ebriedad, fue impactado como a las dos de la mañana (del sábado, pues, diría López Dóriga) por un vochito que a duras penas iba subiendo la Niños Héroes, allá por las lomas de la Cinco de Mayo.

Y hasta media calle fue a dar mi primo, borracho como andaba, con toda su albañila humanidad (diría Fox), y como el chinche chofer del vochito no se detuvo ni para burlarse de él, pues a mi primo, que cuando le hierve la sangre sube la temperatura en la ciudad como unos 15 grados, le salió toda su corajuda genealogía, se subió mal que bien en su bicicleta, la que por fortuna sólo sufrió ligeros raspones, y ahí se fue detrás del vochito, zigzagueando como ratero a media noche con un tambo de gas en el lomo.

No sé si fue por la nada afortunada comparación anterior o porque por ahí estaban unos oficiales de tránsito municipal con unas chicas que recogieron en el Parque Madero, besuqueándose y haciendo cosas malas que parecen malas, bajo los yucatecos que están casi esquina con la Aldama, pero el caso es que los jenízaros vieron pasar primero al vochito y calcularon que, dado el estado tan destartalado en que se veía, difícilmente podrían sacarle unas monedas al conductor para entregarle a las eventuales acompañantes, y casi enseguida vieron a un hombre que zigzagueaba tristemente detrás del alemán vehículo sobre una bicicleta. Sí, exacto, era el Chato.

Como gavilán que agarra y suelta no es gavilán, los gendarmes pensaron para lo poquito que les quedaba de sí: “Uno pasa, pero dos no”, y encendieron la torreta y la sirena de la patrulla, que de inmediato se convirtió de hotel de paso en vehículo oficial, y le pusieron cola a mi primo. En cosa de 15 metros le dieron alcance porque, al verlos, el ciclista detuvo su marcha con objetivo preciso de interponer la denuncia contra la persona que iba manejando el vocho, y los tránsitos, que a veces les sale el Adrián Fernández que todos llevamos dentro, le clavaron el fierro a la máquina, así que se pasaron por un buen trecho y hubieron de meter reversa para empatarse con mi primo.

Para no hacer largo el cuento, los oficiales se bajaron de la patrulla, encararon al Chato y al verlo a los ojos nomás le dijeron, como si fueran el Piporro: “Uh, mi amigo, vienes franco: traes una pheda que le alcanzaría a toda la corporación”, y enseguida procedieron a detenerlo y, por supuesto, a confiscarle sus pertenencias.

Cuando mi primo quiso decirles que en realidad iba persiguiendo a quien momentos antes lo había atropellado, los municipales sólo se rieron y le dijeron en evidente son de burla: “¡Ay, sí!: Ahora vas a salir con que eres diputado. ¡Jálele!”, le gritaron y lo echaron sobre las damas, quienes ya habían ocupado estratégicamente el asiento trasero, por lo que mi primo no tuvo más que hacer como que las manitas se le iban a los lados, tentaleando a las chicas y provocando sus chillidos de risa. Y es que este muchacho es así: mañosón, mañosón.

Mientras mi primo subía y bajaba montes de espuma con las manos (como el poema de José Martí), los tránsitos revisaban el bote en el que se supondría que el Chato traería sus implementos albañilísticos, pero con el changazo que se había dado, producto del alcance del vochito, la cuchara y el nivel (que es lo único que tiene) quedaron regados sobre la calle y en el bote no habían quedado más que unos cuantos jirones de orgullo sin más futuro que el presente alcoholizado. “Pues de lo perdido, lo que aparezca”, murmuraron los oficiales, y como pudieron, acomodaron la bicicleta en la cajuela.

En seguida, enfilaron rumbo al Parque Madero a dejar a las doncellas en su área de trabajo, donde también bajaron la bicla de mi primo, con la que pagaron los servicios de las féminas, y con el astrolabio de su municipal imaginación pusieron rumbo hacia la Comandancia de la Juárez, a la que llegaron raudos y veloces, y presentaron a mi consanguíneo ante el juez calificador, quien les preguntó el motivo, causa u razón de la detención del aquí presunto implicado (ni modo, el funcionario de esa noche era un popero evadido de la década del 90).

“Mire usted, licenciado, resulta que aquí el detenido venía por la calle en completo estado de ebriedad, causando mucho ruido estertóneo (sic) y molestaba a la tranquilidá de los vecinos, ¿verdá?, y cuando le solicitamos, eso sí amablemente claro, que le bajara el volumen a su canto, el sujeto, haciendo caso omiso a nuestra observación, le subió más el tono a su melodía, y pos nosotros procedimos a detenerlo”, mientras el Chato luchaba, a saber: 1. Contra las leyes de la física para mantenerse erguido, y 2. Contra la versión de los representantes de la ley porque nada de lo que decían era verdad, se los juro por ésta...

En su momento, mi primo dio su versión de los hechos, incluyendo el choque con el vochito, la persecución a alta velocidad y su posterior detención (olvidó mencionar a las damiselas, sabe por qué), y en su defensa subrayó que, en esa historia, él era la víctima, no el victimario.

Ante tales palabras, el juez sólo esbozó una sonrisa ladeada y socarrona y dijo, como lo habían dicho antes los jenízaros: “Ahora va a salir Usted con que es diputado, que goza de fuero y que los que estamos equivocados somos nosotros, ¿no? Órale, va pa’ dentro con todo y chivas”, y después señaló: “aquí nomás tiene vara alta el arzobispo, porque es el delegado de dios las 24 horas del día; o sea, hasta cuando duerme es un dios pequeño: Usted nomás es un hombre cualquiera”. Y luego lo echaron cual bulto en la celda...

Pues sí: ahora saben que mi primo el Chato Peralta es un tipo noble inclinado a las bebidas espirituosas que ensalzan el alma y cuyo consumo en exceso lo pone a uno a bailar balalaicas en un solo pie a las cuatro de la tarde de un domingo cualquiera. Eso dicen los expertos en el tema de las pixteadas.

Pues ayer por la tarde vino este ingrato a la casa, y como, según relata esta historia, se había quedado sin implementos con los cuales trabajar, me pidió prestado un nivel y una cuchara, mismos que le facilité no sin antes indicarle que ya no tenía más que prestarle que no fuera un poquito de atención y ya.

Ya se imaginarán ustedes cómo llegó este caón a visitarme: con los ojos colorados y la boca reseca reseca, y lo primero que me dijo nomás le abrí la puerta fue: “¡Hermenegildo: tengo calentura y me duele la cabeza. Tráeme un XL Dol!”. Hasta ahí todo iba bien, pues el susodicho Chato pensaba que, en virtud del tiroteo etílico del pasado fin de semana, con su consiguiente embotellamiento judicial, estaba atravesando por una crisis traumática de esas deshidratadoras que en términos coloquiales se les denomina simple y sencillamente “cruda”. “Resaca”, le llaman los exquisitos al mismo proceso de querer volver a nacer o borrar la noche anterior con un diosito, no lo vuelvo a hacer. Uh, pero eso está más canijo que sacar a los gringos de Irak. En serio.

Yo de inmediato imaginé al tal Hermenegildo, a quien nadie nunca le ha visto el rostro en la casa, acercándosele a mi primo, tomándole el pulso y auscultándole los pabellones auditivos: “Abra la boca”, imaginé que dijo; “Saque la lengua”, imaginé que suplicó, y después de haberle introducido un abate lenguas a lo más profundo del a esas alturas pútrido océano, imaginé que le miró los ojos como quien mira una pierna de cerdo dos días antes de Navidad, figurándosela al horno con jugo de naranja, e imaginé que le dijo con voz firme y serena, como todos los Hermenegildos que en el mundo han sido: “No se haga wey, my lord, lo que Usted tiene es una cruda marca Llorarás, y de nada le servirían estas porquerías”, y después imaginé que se retiró, no sin antes lanzar al inodoro las pastillas de marras. ¡Palo!

Y el Chato luego se fue, quién sabe a qué cantina abierta ayer por la tarde...

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lunes, 22 de febrero de 2010

Inventemos el penalti del elevador...

“¿Por qué no inventamos un día para hacer algo que siempre hemos querido hacer —dice un tipo en un comercial de televisión con el cinismo propio de los ociosos—, como inventar un nuevo paso de baile o un deporte nuevo, como el penalti del elevador?”, subraya en un reiterado pleonasmo de la estulticia, pues ese dicho y este tipo sólo están ahí para cantar loas a las bondades de una cerveza que, helada helada, habría de pasar por el gaznate con las tostadas y el requesón, parafraseando el poema de Rubén Darío llamado “Del trópico”, que muchos viejunotes aprendimos en las páginas de aquellos libros de texto en los prehistóricos años de la primaria en la Centro Escolar Talamante de un Navojoa tan bucólico como el mismo poema del nicaragüense:

¡Qué alegre y fresca la mañanita!

Me agarra el aire por la nariz:

los perros ladran, un chico grita

y una muchacha gorda y bonita

sobre una piedra muele maíz…

Pues sí.

¿Y si le tomáramos la palabra al individuo ese y nos inventamos un día digamos que para ser deportivamente felices como lombrices? Ya sea inventando un paso de baile o un nuevo deporte, ¿qué tiene? Ya ven que en México vivimos en un estado de paroxismo total en el que lo más patético es ser testigos toda la semana de las discusiones en televisión nacional de autocalificados expertos que, como si fueran diputados y senadores negociando una reforma política, si lo que marcó el árbitro el domingo era en verdad fuera de lugar, y se hacen mesas redondas todos los días para discutir si las Chivas son una religión o si el América sin Cabañas es nada más el reflejo de la mediocridad del Chucho Ramírez, o en la selección están los que deben estar… yo qué sé…

¿Qué curioso, no? Qué curioso que, por un lado, los medios masivos en México le den tanta cobertura diaria sólo a un deporte (“El juego del hombre”, le dicen los misóginos), como si todos lo practicáramos o gustáramos de él, mientras que los demás deportes son sólo un fantasma, un vago manchón de estadísticas fugaces que hacen pensar que no existen más que en temporadas especiales y en escenarios deportivos del extranjero, y por otro lado arrastramos por el mundo la dudosa reputación de ser uno de los países con mayor índice de obesidad entre la población de arriba, de abajo y del medio, incluyendo a Carlos Slim, Agustín Carstens y a Juan Camaney: Masco chicle, bailo tango y tengo viejas de a montón… ¡tururuuuuuu!

Pues sí, a ver, inventemos el penalti del elevador para ser felices, para pasarla bien con los que más queremos y con los que nos hacen sentir vivos, pero primero es necesario que aprendamos los fundamentos del futbol (y de los elevadores también, claro está) para saber de qué se trata todo esto, si vale la pena intentarlo, si eso nos hace crecer como individuos y como nación, y también encontrar su liga con la felicidad, porque si no fuera así, entonces todo se volvería sólo un anexo del comercial de marras sin mayor razón de ser que un trago de cerveza y listo.

Inventemos un día para ser felices y para estancarnos ahí. Calladitos, a la mejor, porque nos vemos más bonitos. Educados y felices. Disfrutando de esas cosas que inventamos todos los días sin que nos den el mínimo mérito por ello. Pero dibujar una sonrisa en un rostro ajeno es toda una hazaña que tiene que ver con esas pequeñas invenciones, con esa generosa felicidad que tenemos para dar a manos llenos, si es que no son tan egoístas y amargados como uno que yo conozco: deportista en sueños, poeta de corazón, futbolero de riñón y beisbolero de hígado, para decirlo en términos orgánicos.

Todos hemos escuchado alguna vez la frase de Platón (428-347 a.C.) “Mente sana en cuerpo sano”, que encierra todo un concepto filosófico sustentado, fundamentalmente, en la educación y la práctica del deporte como esencia unitaria de la vida. Y si miramos bien, Platón era un tipo tirando a obeso, además de padecer ciertas enfermedades que no diremos aquí porque la ley de acceso a la información impide hacer públicos los datos confidenciales.

En fin... ironías de la vida.

Sin embargo, con el paso de los siglos, la educación y el deporte fueron escindiendo sus caminos al grado tal de que en un momento de la historia cada cual recorría senderos no sólo separados, sino alejados una del otro por criterios torpemente establecidos por la comercialización industrial de los atletas.

En nuestro vecino país del norte, con los gringos, pues, hay casos documentados de jóvenes técnicamente analfabetas que han alcanzado sus diplomas universitarios gracias a sus habilidades sobresalientes en deportes de conjunto (basketbol, beisbol, futbol y otros), lo que les permitió formar parte de los representativos durante toda su estancia en la institución.

Por otro lado, la idealización de la práctica deportiva ha creado mitos acerca de los beneficios físicos que conlleva no sólo practicar un deporte específico sino hacerlo en un determinado aparato que fortalecerá regiones anatómicas que una simple caminata no logra. Y, por supuesto, habrá que hacerlo en un gimnasio fastuosamente iluminado y refrigerado, o en el rincón más solitario del hogar, de preferencia leyendo el periódico o viendo la televisión. Parecen olvidar que cada persona es diferente, y por tanto lo son también sus posibilidades, sus gustos y su respuesta al ejercicio.

¿Dónde queda, pues, el espíritu del viejo Platón? ¿Dónde está el generoso contacto con la naturaleza, el aire, el sol, el canto de los pájaros?, que además de influir en el ánimo del momento, proporcionan elementos para revalorar nuestro entorno. No hay que perder de vista que el deporte, particularmente el de recreación y salud, es una cuestión individual, y aunque lo practiquemos en compañía de otras personas para hacerlo más llevadero, debemos vigilar que sea con base en nuestras propias necesidades y motivaciones.

Con todo, aún en nuestros días, persiste la confusión sobre si practicar deporte recreativo y de salud, deporte de competencia o deporte para esculpir el cuerpo, sin tomar en cuenta la educación, dejando de lado la visión integral de los filósofos de la antigüedad, que no privilegiaban una práctica sobre otra, sino que una estaba ínsita en la otra y viceversa.

Sobrevive, pues, la búsqueda de respuestas concretas y rápidas en la práctica del deporte sin importar el aspecto lúdico, la formación integral de los individuos y su consecuencia inmediata como mejores ciudadanos. Encima de este ideal se mantienen los criterios comerciales que le generan millonarias ganancias a las empresas que apoyan la imagen de los deportistas de alto rendimiento.

Según Pierre Laguillaumie, “la unidad deportiva mundial está avalada por el lenguaje universal: el récord, que es como el dinero para la economía política.” Así, el precio del récord, de la victoria o del alto rendimiento es muy alto, pues el sacrificio de los deportistas en su lucha por la consecución de estos objetivos, los convierten en verdaderos obreros del deporte: sus cuerpos maltratados y castigados por el esfuerzo físico de años de intenso entrenamiento pagan las consecuencias con deformidades que arrastran por el resto de su vida.

En el otro plato de la balanza se encuentra la actividad física libre y espontánea que, sin los rigurosos sometimientos del deporte competitivo, complementa adecuadamente la educación de una persona. Habría que entender el deporte como medio, más que como fin, para lograr el desarrollo integral de la persona en lo humano, en lo deportivo y en lo social, y como elemento aglutinador de las relaciones interpersonales frente a otras formas menos sanas de ocupar los ratos de ocio.

¿Y a mí que me importa, eh?, pensará alguien por ahí. Yo creo que nada… o todo. No sé.

Pero conviene saber un poco de todo esto para inventar el penalti del elevador, vincularlo con lo que somos en esencia y que eso nos sirva para, como mi querida Ana Lidia Torres (larga vida y gloria eterna donde quiera dios que esté), ser feliz como una lombriz

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domingo, 21 de febrero de 2010

Se vale soñar...

El presidente Felipe Calderón pronosticó que en los próximos 20 años México dejará de ser “una nación pobre y subdesarrollada”.
Consideró que para esas fechas, nuestro país será más justo, pues se habrá erradicado la pobreza extrema en la que viven más de 18 millones de mexicanos, será superado el analfabetismo y se habrán creado más oportunidades de educación universitaria para los jóvenes.
Dijo que para el 2030, México será fuerte y prospero, contará con cobertura universal de salud y mayores oportunidades de desarrollo, se elevará el Producto Interno Bruto y mejorará la distribución de la riqueza.
“Para eso estamos trabajando, hacia allá quiero que vaya México”, asevero el presidente en entrevista para el Instituto Mexicano de la Radio, con motivo del inicio de transmisiones de la Estación Radio 2010.
Calderón, continuó, “México está en el camino de convertirse en una de las cinco potencias del orbe, una nación comprometida con el medio ambiente y un país más soberano en donde cada mexicano tenga voz y donde el abuso del poder no se dé”, sostuvo.
Para el 2030, México, será más libre, con seguridad pública y jurídica suficientes para dar certidumbre a sus habitantes y en el que se protejan los derechos de todos, concluyó Felipe Calderón.
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Jaime Obrajero. Wradio. 21 de febrero 2010
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La muerte en el alma...

Manuel Espino, anterior dirigente de Acción Nacional y hoy presidente de la Organización Demócrata Cristiana de América, presentó en Monterrey su más reciente libro, Volver a empezar. A todos les quedó claro que se trató de un acto con el que el controvertido político inició públicamente la búsqueda por la candidatura del PAN para la Presidencia de la República en 2012.

El libro es un condensado del pensamiento de la democracia cristiana con opiniones, actualizadas unas –incluso se las podría considerar progresistas–, en lo político, y tradicionales otras en temas de orden filosófico y moral.

Se trata de una obra doctrinaria de la que, vale anotar, careció el PAN hasta su publicación. Ninguno de sus líderes históricos ni sus ideólogos emprendió en su momento tarea semejante. La izquierda, que abandonó la clave de la revolución socialista y es incapaz de alcanzar una definición ideológica clara, y el PRI equívoco –aunque cada vez más cerca de la derecha–, que abandonó el discurso de la Revolución Mexicana, no cuentan con un documento como Volver a empezar donde se precise a qué matriz ideológica pertenecen, y por tanto a qué principios, valores y objetivos responde la sociedad que buscan emplazar.

Con todo y ser congruente con los postulados de la democracia cristiana, asumir sin mayor revisión el credo naturalista como fundamento filosófico de esta corriente es validar en pleno siglo XXI la equivalencia de la relación humana que Aristóteles –el primer naturalista– juzgaba como natural entre amos y esclavos. Por ello es que cuando habla Espino de la pobreza, a la cual ve como una pandemia (algo natural), así la vincule a la globalización, no pueda establecer su causa real: la relación entrexplotado- res y explotados, base del capitalismo. Y no deja duda de lo que por sistema han negado los demoratacristianos: “nos negamos a interpretar los conflictos sociales como ‘lucha de clases’ entre ricos y pobres, entre poderosos y desamparados" . No son manifestaciones de la lucha de clases las acciones de un Estado que privilegia a los monopolios y lanza a millones de seres humanos al desempleo y la pobreza; ¿sí lo son aquellas que provienen de quienes resisten con ideas, actos o simples actitudes, los efectos de esa política?

Poco después del acto en que Manuel Espino presentó su libro escuché de Raúl Gonzalez Tejeda, antropólogo estudioso de los hopi, el término culturaleza para explicar la condición humana como resultado del contexto natural y cultural en que se desenvuelven los individuos de un determinado grupo social. Me parece que ese término permite repensar con más tino lo que los humanos somos.

Autodefinido como político laico, Manuel Espino se pronuncia por un progreso cifrado en las libertades mercantiles y de competencia, la propiedad privada y el afán de lucro. Y cree que la ley de la oferta y la demanda puede funcionar espontánea y automáticamente para evitar el desmedido apetito de lucro y la libre competencia desenfrenada. Pero también que el Estado debe regular, estimular y perfeccionar al mercado e incorporar a sus beneficios a los sectores marginados con criterio de equidad y justicia.

Despliega de entrada una filípica en contra del pragmatismo liberal. No dice, por cierto, quién lo encarna, pero lo juzga causante de la decadencia política y la injusticia social. Llega a acusarlo de emplear, para sus fines aviesos, desde los métodos más sutiles e imperceptibles hasta el burdo chantaje y la propagación del miedo. Suena a culpas de las que se ha querido deslindar. Y bien que lo haya hecho, pero ya sabemos que los deslindes verdaderos, para serlo, deben estar tocados por el sentido de la oportunidad.

Como no se trataba sólo de cuestiones doctrinarias, sino de posturas políticas, Espino, un orador que sabe hilar fino, concluyó su intervención como autor con una suerte de parábola. Se refirió, aquí sí que sutilmente, a lo que acontece en el rumbo del país echando mano de lo que sugiere La barca de Guaymas, canción del jalisciense Rubén Fuentes:

Alegre viajero que tornas al puerto de tierras lejanas

¿qué extraño piloto condujo tu barca sin vela y sin ancla?

¿De qué región vienes, que has hecho pedazos tus velas tan blancas?

Y fuiste cantando y vuelves trayendo la muerte en el alma.

Yo soy el marino que alegre de Guaymas salió una mañana

llevando en mi barca como ave piloto mi dulce esperanza.

Por mares ignotos mis santos anhelos hundió la borrasca.

Por eso están rotas mis alas y traigo la muerte en el alma.

Te fuiste cantando y hoy vuelves trayendo la muerte en el alma.

En una interpretación con ciertas licencias, Espino imaginó a un pescador que salía en su barca a la búsqueda de peces. Unas veces regresaba con pesca, otras no; pero con su barca intacta. Un día, sin embargo, lo abandona la prudencia y se arriesga a surcar la borrasca. Regresa sin pesca y con la barca deshecha, lo cual en su ánimo equivale a traer la muerte en el alma. Huelga decir a quién se refería.

Es el extraño piloto que un día se apoderó del timón de la embarcación movido por unos alegres viajeros. Casi a mitad del trayecto, cuando no atravesaba aún los escollos de julio, todavía pudo afirmar: Ahora somos parte de la solución, porque hay rumbo claro.

Ese rumbo unilateralmente claro pronto se tornaría en su opuesto. Las velas de la nave lucen despedazadas a la vista de todos. Y quien partió cantando vuelve hoy trayendo la muerte en el alma.

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Abraham Nuncio (lajornada.com)

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