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domingo, 23 de enero de 2011

Apóstatas del mundo, uníos...

Hay quienes alegan que la santificación de Juan Pablo II se debe en realidad a que la iglesia católica ha sufrido una drástica disminución en el número mundial sus ovejas, y que el difunto papa podría significarles un aumento en su feligresía: algo así como meter un gol en tiempo de compensación.

Pero los verdaderos fans del catolicismo rechazan esa teoría, como debe de ser: para eso están.

Sin embargo, a veces la ciencia y las estadísticas se imponen a la religión, y ni modo: los números no mienten.

Por ejemplo, pese a que la mayoría de los mexicanos son católicos, el porcentaje de la población que profesa esta religión ha disminuido de 99.1% en 1895 a 88% en 2000, de acuerdo con los censos de Población y Vivienda que se han efectuado. Es decir, 11% en 105 años.

En tanto, la población no católica o “sin religión” ha crecido de menos de 1% en 1895 a casi 12% en el año 2000. Dicho en yaqui, el asunto resulta inversamente proporcional.

De mantenerse esa tendencia, se espera menor porcentaje de católicos en el censo de 2010, cuyo procesamiento de datos aún no concluye; baja que se viene agudizando desde 1970, cuando sumaban 96.2%, y eso que la Inquisición mexicana ha suavizado sus terapias.

René de la Torre y Cristina Gutiérrez Zúñiga, del Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social de la Universidad de Guadalajara (UdeG) y coordinadoras del Atlas de la Diversidad Religiosa en México, exponen algunas de las razones que explican ese comportamiento.

Destacan las desproporciones internas que se registran a nivel estatal, pues en Guanajuato los católicos suman todavía 97%, mientras que en Chiapas apenas llegan a 68%, de ahí que haya tantos conflictos religiosos en aquella entidad fronteriza.

Indican también la marcada tendencia regional, en la que los estados del sur son más proclives a profesar otras religiones, seguidos por los fronterizos del norte; mientras que las regiones centro y centro-occidente se han convertido en el núcleo duro del catolicismo.

A partir de la década del ochenta, el declive de católicos ha cobrado mayor velocidad, sobre todo en los estados del sur de México, en las zonas fronterizas, en las regiones con mayores índices de marginalidad y en las periferias de las grandes ciudades.

Explican que cada vez más mexicanos se declaran ajenos a cualquier religión o han abrazado otras opciones de culto que, en su mayoría, conforman el universo de ofertas cristianas de tipo evangélico, pentecostal, bíblicas no evangélicas (comúnmente conocidas como paraprotestantes o paracristianas) o protestantes históricas.

Estas disidencias católicas, destacan las especialistas, conforman un grupo compuesto por una diversidad de minorías religiosas, internamente muy dispares entre sí, donde se encuentran lo mismo religiones fuertemente consolidadas, como pequeñas sectas o iglesias domésticas, que llevan a la pulverización de ofertas religiosas.

Entre las ya consolidadas mencionan la categoría de “bíblicas no evangélicas”, como Testigos de Jehová, Adventistas del Séptimo Día e Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, que comparten un origen común: la ola adventista de principios del siglo XIX que tuvo su inicio en Estados Unidos.

En México, de acuerdo con el estudio, se han desenvuelto de manera distinta: los Testigos de Jehová, además de ser la adscripción con mayor porcentaje de creyentes y de que es el país de Latinoamérica donde más difusión ha logrado, tienen presencia ya en 90% de los municipios de la República.

La Adventista, con presencia importante en Quintana Roo, Chiapas, Veracruz y Tabasco, es la única que muestra propensión a crear regiones, mediante la concentración de creyentes en un territorio unido, lo que le permite constituirse en una religión hegemónica. Sus adeptos comparten la marginalidad, la etnicidad y la ruralidad.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días concentra a sus adeptos en las ciudades (medias y grandes), con preferencia en la frontera con Estados Unidos, y su feligresía goza de mejor posición económica y de mayores niveles educativos que el resto de las minorías cristianas.

El estudio indica que las iglesias protestantes históricas, contrario a lo que algunos analistas han señalado, muestran dinamismo y crecimiento, como el caso de los presbiterianos renovados en Chiapas, o los bautistas en Guadalajara, pero también se encuentran en poblaciones indígenas y en condiciones muy marginales.

Citó que La Luz del Mundo, aunque es la iglesia evangélica más importante de México, no aparece como la más fuerte debido a que su fortaleza se encuentra circunscrita a la ciudad de Guadalajara (donde tiene su sede internacional) y al estado de Veracruz.

Las iglesias evangélicas han sabido utilizar los medios masivos de comunicación con buenos resultados en países como Brasil, pero en México las restricciones legales a que las asociaciones religiosas tengan acceso a la propiedad de medios las ha contenido, aunque no ha impedido que transmitan en los canales de la televisión de paga.

Las investigadoras señalan que en la categoría de “sin religión” no se refiere sólo a los ateos, sino que ahí está presente una importante realidad religiosa mexicana, donde se incluyen las poblaciones indígenas que practican “el costumbre”.

También se incluyen aquellas poblaciones que nunca fueron cabalmente evangelizadas por el catolicismo, o los individuos (comúnmente conocidos por el nombre de creyentes New Age) que han decidido creer y realizar prácticas religiosas al margen de las instituciones.

Dado que los “sin religión” también aparecen en forma contundente en donde el catolicismo es minoritario, se podría incluir a quienes han cambiado a otras denominaciones, a los expulsados por conflictos interreligiosos, así como los apóstatas de la segunda o tercera generaciones, que abandonaron la fe adoptada por sus progenitores.

Aunque de manera marginal, en México también hay presencia de otras religiones de origen oriental que, si bien están a la zaga de las minorías, tienen mayor presencia entre los sectores pudientes urbanos con buenos ingresos y altos niveles educativos. Es el caso de los judíos, hinduistas, budistas, islámicos y krihsnas.

Se debe hacer hincapié en que el estudio de las investigadoras de la UdeG no contempla a los seguidores de la Santa Muerte, cuyo número ha ido creciendo exponencialmente, ni a los fieles de Jesús Malverde, el santo patrono de los narcos, cuyos seguidores probablemente (y esto porque no han sido científicamente contabilizados) superen en número a varias de las iglesias de origen norteamericano, y considerando el estado de ingobernabilidad que vive el país producto de la llamada narcoviolencia, seguramente no tardarán en desbancar del número uno a los católicos mexicanos.

¡Santa tzingada, Batman!, gritaría Robin haciendo un movimiento de caderas tipo personaje de Glee…

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