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viernes, 21 de agosto de 2009

Los hermanos siameses: la literatura y el alcoholismo…

Apenas es exagerado decir que los escritores y el alcohol van por la vida tomados de la mano.

Al filo de las siete de la tarde, tronara o lloviera, Charles Bukowski subía a su estudio portando las dos botellas de escocés que lo acompañaban en sus largas veladas creativas.

Según confesión propia, Gabriel García Márquez ingería cotidianamente una botella de destilado, que no desdeñaba combinar con otros estimulantes.

En la lista de 150 escritores de lengua inglesa muertos de alcoholismo que incluye Donald W. Goodwin en su libro Alcohol and the Writer resaltan luminarias de la talla de Eugene O'Neill, Edgar Allan Poe, Ernest Hemingway, F. Scott Fitzgerald, William Faulkner, Thomas Wolfe, Jack Kerouac, William Saroyan, Sinclair Lewis y Raymond Chandler.

Particularmente trágico es el caso de William Faulkner, quien falleció al tropezarse en la escalera cuando se dirigía a comprar más bebistrajo para anudar otro día a los que había pasado tomando en la soledad de su recámara.

Moraleja: No es bueno beber solo.

Ante semejante panorama de alcoholismo en su gremio tenido por notablemente inteligente, se antojaría cuestionar los postulados neurológicos referentes a la capacidad de sobrevivencia de las neuronas: si entre las secuelas de una borrachera se halla la muerte neuronal masiva, como suele afirmarse, ¿qué factores mediaron para que la mayoría de los escritores estadunidenses de la lista citada conservaran su lucidez y produjeran obras muy estimables en una etapa avanzada de su existencia y beodez?

El caso de las células nerviosas es similar al de los óvulos femeninos: se nace con una dotación que se disminuye a lo largo del camino hacia el cementerio o a la cremación, lo que sea su voluntad.

El cuerpo de una mujer almacena originalmente alrededor de dos millones de óvulos, de los cuales sólo la mitad son útiles. Del millón que es funcional, un alto porcentaje degenera antes de la pubertad, etapa a la que se arriba con aproximadamente 300 mil.

A razón de uno por ciclo, en el curso de la vida reproductiva se emplean a lo sumo 500, sufriendo el resto degeneración.

En términos generales, la menopausia sobreviene al agotarse esa reserva, o cuando el ovario declina al grado de ser incapaz de responder ante los estímulos hormonales.

Cabe precisar que el número de neuronas con que viene al mundo un ser humano excede por mucho al de óvulos femeninos.

En cierta etapa del desarrollo nervioso, la formación de neuronas alcanza la cifra de dos mil por segundo.

Y aunque existe desacuerdo sobre la cantidad total, las estimaciones fluctúan entre 25 mil millones y 100 mil millones.

Impresionantes como son estas cifras, palidecen en cuanto se multiplican por 30 mil, que es el promedio de sinapsis (o conexiones, pues) que es capaz de establecer cada neurona.

El tejido nervioso, a diferencia de otros, no es regenerable: una vez muerta una célula, jamás será reemplazada.

La destrucción neuronal es cosa de todos los días y afecta tanto a las personas sobrias como a las dadas a honrar a Baco o a Dionisio, según la creencia que se practique, si bien se ceba en estas últimas.

Con todo, en el curso de su existencia, nadie se libra de un déficit neuronal contabilizable en millones.

Mas se comete un error, es hora de decirlo, al ceñirse a nociones cuantitativas: en un escritor alcohólico –perdonando el pleonasmo– la destrucción de tejido nervioso es alta, pero el intenso ejercicio mental propio de su oficio genera una multiplicación de sinapsis acreditable a su saldo.

Si por un lado derrocha parte de su caudal nervioso, por otro lo acrecienta sinápticamente al mantener activo su intelecto… o las rüinas de…

Así que llegado el momento de tirar la raya y bajar el cero, se ha observado que en el caso de los escritores no existe una mengua significativa en la relación “consumo de alcohol-muerte de neuronas”.

Esto no quiere decir, obviamente, que no exista fallecimiento de ellas, y que con el paso del tiempo no llegue a afectar notablemente, sino que es más lento el perjuicio.

Así que no se alegre ni piense que escribiendo algún pinchi soneto ya puede dedicarse a la bebida para siempre. No, señor…

Lo que se quiere decir en términos neurológicos en este caso es: “Pocos pelos pero bien peinados”.

Que llegado el momento del punto final, también llega la fatiga de las neuronas con la consecuente caída del imperio humano.

Míreme a mí y verá qué tan cierto es todo esto, ahora que luzco como disfraz de político: la calvicie de Felipe Calderón, las ojeras de Bours, el rictus de Guasón de Elba Ester, la pinta desgastada de Andrés Manuel y los pasos fatigados de Fidel Velásquez… ¡Ay, nanita!

¿Y a que viene todo lo anterior? A que hoy es viernes, el primer día del fin de semana, día dedicado al alcohol y sus secuaces...
¿Salú? ¡Pues salú, ca'ones...!

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