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jueves, 30 de julio de 2009

La biología del idioma...

¿Se acuerdan de Botella al mar para el Dios de las palabras? Sí, hombre: el discurso que Gabriel Gárcía Márquez pronunciara en la inauguración del I Congreso Internacional de la Lengua Española en Zacatecas, en 1997. ¿Se acuerdan? ¡Mtá!
Pues resulta que que Jorge Gómez Jiménez, un escritor venezolano, editor de las revistas electrónicas Letralia y Lenguaje Binario, alguna vez se refirió a esa memorable intervención del Gabo con el texto La Biología del idioma, título bastante sugerente porque ya le da cuerpo a un algo que a muchos les parece algo etéreo, tan etéreo que en lugar de pronunciar Miguel Alemán dicen Miguel Animal, y así por el estilo… En fin…
Dice Gómez Jiménez que la ortografía y la gramática son el esqueleto del idioma. Son establecidas formalmente por los estudiosos de la lengua, pero en realidad tienen su fundamento último en la manera como los pueblos hablan.
A lo largo de los siglos, el idioma experimenta un verdadero proceso de evolución que se alimenta del habla del hombre común más que de las reglas dictadas por los filólogos.
El idioma muta, constantemente cambia su forma de la misma manera como lo hacen los seres vivos, porque la gente lo enriquece añadiendo palabras o combinando las ya existentes, importando vocablos de otras lenguas y en ocasiones hasta sustituyendo palabras que se ignoran con otras que sólo tienen significado para un grupo, una familia o hasta para un solo individuo.
Paradójicamente, este proceso suele ser designado comúnmente con la palabra “degeneración”.
Estas transformaciones ocurren primero en el habla de la calle y finalmente los estudiosos se resignan a declarar nuevas reglas que amolden el idioma al uso que le dan los individuos.
Al ser el medio de comunicación básico, el idioma rebasa los límites que le imponen las reglas establecidas por los estudiosos y se convierte en mágico caleidoscopio al cual cada pueblo añade sus propias características.
Sería imposible revertir este proceso haciendo que el hombre común se amoldara a las reglas exquisitas de la ortografía, y es justamente esto lo que da vida y garantiza su permanencia, al idioma.
En palabras de Jorge Luis Borges, una lengua que no cambia es una lengua muerta.
Lo que hoy se tiene por error ortográfico mañana podría ser una regla más en los confusos manuales del idioma.
Por esto mismo es absurdo creer que un discurso de Gabriel García Márquez hará que los cientos de millones de hispanoparlantes regados por el mundo revisen su forma de escribir las palabras, para amoldarse o no a la Academia o a las propuestas del colombiano.
Casos como la inclusión artificial en nuestro idioma de la palabra “millardo”, en el que la Academia decidió favorecer una proposición del humanista venezolano Rafael Caldera —a la sazón presidente de Venezuela en este momento—, son extrañísimos.
Y es que, definitivamente, el sistema no funciona de esa manera.
Por muy rabiosa que sea la defensa del idioma por parte de los estudiosos en 1997, el año 2100 nos encontrará hablando un castellano distinto al que hoy se acusa a García Márquez de intentar subvertir.
En el proceso de transformación morirán algunas reglas y nacerán otras nuevas, y no hay nada que indique que las diferencias entre escribir hoyo y oyo se escaparán a la particular biología molecular del idioma.
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