Trova y algo más...

sábado, 18 de julio de 2009

Chiflando a Silvio…

(Noel Nicola, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez y Antonio Skármeta... o Marcosoto...)
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Vivo en una ciudad libre, cual solamente puede ser libre, en esta tierra y en este instante y soy feliz porque soy gigante, amo a una mujer clara que amo y me ama sin pedir nada, o casi nada que no es lo mismo pero es igual.
Y si esto fuera poco, tengo mis cantos que poco a poco muelo y rehago habitando el tiempo, como lo hace un hombre despierto, soy feliz, soy un hombre feliz, y quiero que me perdonen por este día los muertos de mi felicidad (guitarreo suave y después tan-tan).
¿A qué se debe tanta silviesca felicidad?, preguntará usted, trovero lector, con toda la mala leche que lo caracteriza. Pues nada, como decía el inolvidable José Ortega y Guillén, simplemente a que me he dado cuenta de que miento, siempre he mentido, siempre he mentido: he escrito tanta inútil cosa, sin descubrirme, sin dar conmigo.
No hablar en seco con tanto dolor es quizá la única verdad que queda en mi interior bajo mi corazón.
No sé si fue que malgasté mi fe en amores sin porvenir, que no me queda ya ni un grano de sentir.
Yo sé que a nadie le interesa lo de otra gente con sus tristezas.
Esta columna es más que una columna, y un deseo para reír, y más que mi sentir y más que mi vivir: esta columna es la necesidad de agarrarme a la tierra al fin, de que te veas en mí, de que me vea en ti.
Yo sé que hay gente que me quiere, yo sé que hay gente que no me quiere…
El caso es que por fin he descubierto que vivo en una ciudad maravillosa donde nada trastorna la insoportable liviandad del ser: los cien años de Macondo son nada comparados con el calorón del verano que nos deshace en su rojo atardecer hermosillense, entre el maravilloso trinar de las aves y el sutil ronronear del transporte público que grácilmente se conduce por entre las calles pétalos de rosa de la capital del noroeste… ¡ja!
¡Qué felicidad!: oigo a mi alrededor como se ríe la gente, cómo sonríe la chica de azul que todos los días pasa por las calles azules de este pequeño trozo de mundo que nada en la opulencia fantástica y que nos flecha el alma con sus ojos verdes y su cintura de palmera del bulevar.
¡Oh, cuánta dicha nos rebasa por vivir aquí, justo donde nos ha tocado, por la venia del Dios todopoderoso, vivir!
¡Oh, oh y recontra oh! Nada iguala esta ebullición fastuosa del agradecimiento por toda la calma, la paz, la armonía y la comprensión que diariamente nos proyectan las historias que se tejen entre el poder y la gloria, justo en la Plaza Zaragoza, que nos recibe tarde a tarde con sus bancas abiertas y sus naranjos en flor.
¡Ah: ya se huele el azahar de los naranjos y mi niñez se enfunda en sus pantaloncillos cortos para treparse a las ramas y cortar los frutos de la melancolía que esta ciudad, ubicada en el centro de la felicidad, nos depara con fanfarrias amarillas y olorosas a café con leche y pan de dulce justo a las seis de la tarde.
Ah: ¿cómo agradecer y a quién toda esta felicidad que nos trasmina el alma con sólo transitar por las civilizadas calles de Hermosillo? ¿a quién, pues?
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(Por lo pronto, no será a Ruibal, digo yo).