Trova y algo más...

viernes, 25 de septiembre de 2009

¿A dónde van las palabras que no se quedaron...

Mi amigo el “Depelos” preguntó el otro día: ¿No les sucede que a medida de que pasa el tiempo y llega el chorro de edad, los años pasan más rápido? Me parece que fue ayer que dije ¡Feliz Año nuevo! No me alcanzo ni a dar cuenta y ya se acabó el año, y todo está vestido de navidad otra vez. Cuando éramos niños, el año era interminable, el año escolar no terminaba nunca y un año era una eternidad. Ahora a cada rato cumplimos año, ¿raro no?

Siento que mi niñez fue eterna, pero sólo fue un pequeño lapsus del tiempo en mi vida. A cada rato cambian las estaciones y sin darnos cuenta se nos fue otro año más... como diría el Chapulín Colorado “¡Me lleva el chanfle!” ¿Será porque a medida que crecemos tenemos menos tiempo para todo y curiosamente ese tiempo se nos va? ¿Donde está ese tiempo? No lo sé, pero por de pronto, ya se nos fue otro año. Se nos fue nomás, dijo el “Depelos”, y luego se empinó una como botella oscura con algo que parecía cerveza Indio helada helada... (ya se imaginará usted, amigo lector, que en este momento estoy salivando como perro pavloviano: ¡slurp!).

Bueno, Silvio Rodríguez, que cuando quiere es muy profundo, dice en su canción ¿A dónde van?: ¿Adónde van las palabras que no se quedaron? ¿Adónde van las miradas que un día partieron? ¿Acaso flotan eternas, como prisioneras de un ventarrón, o se acurrucan entre las hendijas buscando calor? ¿Acaso ruedan sobre los cristales, cual gotas de lluvia que quieren pasar? ¿Acaso nunca vuelven a ser algo? ¿Acaso se van? ¿Y adónde van...? ¿Adónde van?

¿En qué estarán convertidos mis viejos zapatos? ¿Adónde fueron a dar tantas hojas de un árbol? ¿Por dónde están las angustias, que desde tus ojos saltaron por mí? ¿Adónde fueron mis palabras sucias de sangre de abril? ¿Adónde van ahora mismo estos cuerpos que no puedo nunca dejar de alumbrar? ¿Acaso nunca vuelven a ser algo? ¿Acaso se van?

¿Adónde va lo común, lo de todos los días: el descalzarse en la puerta, la mano amiga? ¿Adónde va la sorpresa, casi cotidiana del atardecer? ¿Adónde va el mantel de la mesa, el café de ayer? ¿Adónde van los pequeños terribles encantos que tiene el hogar? ¿Acaso nunca vuelven a ser algo? ¿Acaso se van...?

Y así se derraman las preguntas sin respuestas, por cierto, rebotando por las calles del tiempo sin detenerse. Ya sabemos, pues, que la vida no es tan simple como a veces uno la imagina, porque está llena de preguntas, muchas preguntas que son como la canción del Silvio. En cambio, la simplicidad de Benedetti no la encontramos por ningún lado. Aquello de “Usted es la respuesta que esperaba a una pregunta que nunca he formulado” no existe más que en la literatura. Pero qué lindo sería eso: recibir respuestas sin formular preguntas, sobre todo para algunos que, como yo, no tenemos alma ni sangre de entrevistador. Eny, wey...

Y luego el tiempo se va. Si uno tuviera una botella como Jim Croce y una guitarra para entonar aquello de “If I could save time in a bottle, the first thing that Id like to do is to save every day ’till eternity passes awayjust to spend them with you...” (que traducido por Palmera Records diría más o menos esto: Si yo pudiera guardar un poco de tiempo en una botella, la primer cosa que me gustaría hacer es atesorar cada día hasta la eternidad para después gastarlo contigo) otra luna nos iluminaría, pero el tiempo, ya se ha dicho hartamente, se va (“y cuando no se va, se queda en la cintura y en la panza”, dicen los más gordos del salón, como queriendo justificar las lonjas de medio siglo gay lussac que nos adornan —me incluyo por mera solidaridad lonjística— como si fuéramos vochitos empapelados para el desfile del carnaval. ¡Mta!).

El tiempo se va. Punto. Como el jonrón aquel narrado por Otilio D’gyves Robles en Ciudad Obregón: “mucho a la tzingada” (que es como denominaban los purépechas michoacanos a la chingada azteca del altiplano: ¡Ay, cómo sé cosas!, diría el Fabiruchis). Pero uno no deja de ser un niñote que ya no cabe en su liváis talla 36, aunque por dentro siga usando pantaloncillos cortos y una camiseta sin mangas que nos permiten brincar con mayor facilidad todas las vallas del pasado y subirnos a los muros de aquel viejo barrio que ya no existe para robar mangos verdes del patio de la casa de doña Carmelita.

Por dentro sigo yendo descalzo a la escuela Centro Escolar Talamante, y continúo buscando entre la maraña de los años aquellos ojos claros de Blanquita que hicieron que en tercero de primaria me aprendiera aquel madrigal de Gutierre de Cetina: “Ojos claros, serenos, si de un dulce mirar sois admirados, ¿por qué si me miráis, miráis airados? Si cuanto más piadosos más bellos parecéis a aquel que os mira. No me miréis con ira porque no parezcáis menos hermosos. ¡Ay, tormentos rabiosos! Ojos claros, serenos, ya que así me miráis, miradme al menos”, sin entender bien a bien por qué aquel poema estaba escrito de manera tan chistosa, pero sintiendo que entre las breves líneas del poeta estaban los ojos de Blanquita que me miraban en silencio desde su pupitre.

No sé bien en qué momento de la vida se pierde la inocencia de la niñez y se da paso a las angustiosas noches de la adolescencia bajo una sábana cómplice. Y ya después los años van solidificando todas aquellas manifestaciones simples de la infancia, convirtiéndolas en piedras que bloquean el camino de regreso a aquellas tardes de lluvia o a las mañanas de domingo o a los interminables sábados de catecismo en el Templo Sagrado Corazón de Jesús, por la avenida Morelos. No había mucha televisión entonces. Había una cancha enorme y una alberca junto a la escuela en donde fatigábamos el cuerpo toda aquella palomilla de chamacos que apenas pasaba del metro y medio, pero que soñaba con llegar más allá de los límites del cielo quién sabe cómo.

Con la imaginación podíamos viajar a cualquier punto del universo, pero a las seis de la tarde teníamos que estar en casa para terminar la tarea y ayudar a mamá con los deberes del hogar. Y eso no era tema de negociación: aún no se inventaban las concertacesiones que tanto daño le han hecho al país. Las órdenes se daban y se cumplían al pie de la letra, y uno sabía que tal vez llegarían tiempos mejores en los que habría manera de ablandar las reglas y hacer flexibles ciertas órdenes. Pero entonces no.

Y así fuimos creciendo aquellos locos bajitos sin saber cómo y sin tener sentido de la vocación por la vida. Y hemos llegado a este punto, en el que todas las reglas se han relajado tanto que entre aquel pasado y este presente hay mundos de diferencia: ahora vivimos en el paraíso, y nuestros hijos son la prueba más patente de ello. Y así también llega uno bufando, como carcancha destartalada, a tocar la puerta del club de los cincuentas. ¿Y la cheyenne, apá, que no le falla nada? Eso nomás pasa en los comerciales.

--

-