Trova y algo más...

sábado, 19 de septiembre de 2009

¿Que Kino era un bohemio... un holgazán...

El tema de la lectura es un asunto que saca ronchas en diversas instancias. Y el hecho de que cada vez hagamos menos lecturas de calidad, es algo que no se puede negar. ¿Qué hacer?, nos preguntamos todos los que nos interesa el tema, y un silencio cómplice flota sobre todos porque enfrentar esta problemática significa una labor titánica que acaso nosotros, la generación de la edad media (mejor dicho, de la media edad), no nos toque ver resuelta. ¿Y qué le vamos a hacer, eh?

Yo recuerdo que una lejana tarde de noviembre, Conrado Córdova, poeta y estudioso de la literatura nacido en La Aurora de Baviácora, Sonora, dijo que “si los libros sirvieran como mojoneras o como alimento para el ganado o se utilizaran para cercar los campos trigueros, en Sonora nos harían falta libros...”

Sin embargo, sobran en cantidades industriales.

¿Por qué? Porque nadie —o casi nadie— lee libros.

En cambio, las revistas de espectáculos y de comentarios frívolos desaparecen de los puestos de periódicos en un abrir y cerrar de ojos. Y ni qué decir de los magazines de modas y de eventos “de sociedad”. La literatura chatarra tiene una gran demanda no sólo en nuestro estado, sino en todo el país, por no hablar del mundo.

Por el contrario, los libros de poesía o de cuento, las novelas o los ensayos, se quedan durmiendo un injusto sueño de los justos en los estantes, cuando no en las húmedas bodegas de las librerías, llenas de ratas, y no precisamente de biblioteca... Ni en los remates de montón se venden algunas verdaderas joyas de la literatura. La pregunta sigue siendo ¿por qué?

Quizá porque la realidad rebasa a la literatura y sólo “Quién” nos puede ayudar a esquivar los golpes, mordidas y patadas que la cotidianidad nos propina. O porque en este mundo lleno de zapatistas y soldados, sólo “Hola” nos proporciona los momentos de esparcimiento que nos niega la selección mexicana.

O porque simple y desgraciadamente... tal vez nadie nos ha inducido a la lectura.

Y por lectura entenderemos ir a los clásicos, a las letras francesas, a los modernistas, a los poetas contemporáneos, a Borges, Rulfo o Fuentes, entre miles de miles de opciones literarias de mayor o menor nivel, que todos nos ayudan en su momento.

Quizá nadie nos ha dicho que leyendo “No quiero ser como el amanecer que termina con todas las fiestas”, del magdalenense Ismael Mercado, conoceremos la frescura, espontaneidad y algarabía que puede encontrarse en cualquier sonorense: en el vecino de enfrente, en el señor de la tienda, en la muchacha que cruza todos los días por el frente de nuestra casa empalagándonos el alma de amor, o en el señor que recoge la basura cada tercer día.

Nadie nos ha indicado que “Autores sonorenses”, del nacorita Rodolfo Rascón Valencia, es una obra magna dentro de la musicología regional. Nadie nos ha señalado que “Tiempo de soltar palomas”, del hermosillense Sergio Valenzuela, es un croquis de la capital de nuestro estado que nuestros padres y abuelos nos dejaron dibujado en la nostalgia.

En cambio, aunque usted no lo crea, todavía sigue vigente el desprecio con el que se cataloga al escritor, sobre todo al poeta, a quien se le suele recomendar: “Procura que nadie sepa que haces versos, no vayan a pensar que no se puede contar contigo, que eres bohemio, soñador, irresponsable y, encima, jotolón.” Así lo dicen y me consta.

Aunque también me consta que esto ha ido cambiando poco a poco. Pero en Sonora es preferible —y está mejor visto— ser agrónomo, licenciado en administración de empresas o ingeniero industrial y de sistemas, aunque no sepa redactarle un simple oficio a su jefe, que escritor, aunque escriba novelas.

Los historiadores, los políticos y los miembros del clero defienden que el jesuita Eusebio Francisco Kino es el padre de la agricultura, la ganadería y la industria sonorense; es decir, gracias a él este Sonora es la despensa de México... o fue...

Luego, se entiende que Sonora es un estado forjado por prohombres: agricultores que le inyectaron fertilidad al desierto y establecieron trigales, huertos, hortalizas y viñedos; ganaderos que alimentaron al país con la fecundidad de sus vacas, puercos y borregos, y empresarios premodernistas que llenaron de asfalto y edificios las ciudades, y construyeron presas y lugares turísticos para bien de un estado y una raza que no se doblegó jamás ante los cincuenta grados centígrados de temperatura a la sombra y los más de dos mil kilómetros que nos separan de la capital del país.

Como decíamos no hace mucho, aquí los prohombres que no tuvieron tiempo para andar leyendo poemas de amor o libros de cuentos con malas palabras o novelas de aventuras. Los tiempos les exigían enlodarse las botas entre los surcos sembrados de algodón o mancharse los Levi’s de boñiga o aprender inglés para solicitar créditos en los bancos de Tucson.

Eran tiempos de ser hombres productivos, no bohemios, holgazanes y afeminados poetas y novelistas. Nada de leer versitos cursis: Para enamorar a la mujer, con solo sacar la billetera bastaba, o simplemente la montaban en las ancas del percherón y a poner tierra de por medio. Al año nacía el primer chamaco con cara de cierta culpabilidad... y ni quién dijera nada.

Y hoy que sus hijos y nietos son personas hechas a su imagen y semejanza, duplican no sólo el esquema social, sino también el cultural: compran la mejor tecnología extranjera para instalarla en sus granjas o establos o en sus miles de hectáreas o en sus fábricas. Redecoran sus residencias y cambian de carro cada año... pero no adquieren libros.

Acaso sigue prevaleciendo la idea de que todavía son tiempos de ser hombres productivos, no bohemios ni holgazanes, como si la cultura fuera bohemia, holgazanería o una vil nada, o estuviera yuxtapuesta a las actividades productivas. Por ende, se rechaza la literatura de manera sistemática, “porque los libros son producto de esa bohemia, de esa holgazanería... de esa vil nada”.

Por supuesto que, exactamente como pasó con sus padres, olvidan —o desconocen, que es lo más probable y lo más triste—, que Eusebio Francisco Kino, en sus múltiples cabalgatas por tierras de la alta pimería, escribió varios informes, relaciones y cartas en las que se refería a sus actividades científicas y misioneras, además de que en Sonora escribió parte de su libro “Crónica de la Pimería Alta. Favores Celestiales”, incluso está antologado en “Inventario de voces”, una visión general y retrospectiva de la literatura sonorense desde el siglo XVII hasta nuestros días, como el primer escritor sonorense.

Pero, tomando en cuenta lo anterior, ¿qué prohombre se atrevería a catalogar a Kino como un bohemio y/u holgazán? Desde luego que pensar que era un afeminado es un sacrilegio propio de mentes desquiciadas. Aunque Kino haya escrito, y esté antologado como escritor sonorense.

Este esquema ideológico, por fortuna, funciona sólo para los hijos y nietos de los prohombres: los prohijos y pronietos. Para el pueblo común, los que no tenemos posesiones que le den brillo y larga vida y gloria eterna a nuestros nombres, privan limitantes diferentes, de las que sobresale, obviamente, la económica.

Aunque cuesta trabajo pensar que los libros estén considerados caros: un buen libro de manufactura local cuesta alrededor de 120 pesos, poco más que lo que cuestan dos paquetes de seis cervezas. ¿Y qué grupo de sonorenses en su sano juicio no consume al menos doce cervezas heladas-heladas cada sábado? Lástima que la misma respuesta no se pueda aplicar a la pregunta ¿y qué grupo sonorenses en su sano juicio no adquiere un libro cada sábado?

Seguramente que hoy Usted, amigo lector, responderá esta pregunta... ¿o no? (¡Salú, pues!)

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